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Billonarios y precarizados en la era digital

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21.10.2026

Gran parte de los debates sobre la Inteligencia Artificial giran en torno a la capacidad de las computadoras para alcanzar, sustituir o superar el cerebro humano. Esa expectativa retoma la antiquísima búsqueda de una "máquina que pudiera pensar", que emergió en 1955 junto al propio término de IA, cuando el primer grupo de científicos e ingenieros concibió esa posibilidad.

Abordaron ese desafío tratando al hombre y a la computadora como sistemas procesadores de la información, pero dejaron establecida la diferencia entre la cualidad humana de pensar y el efecto informático de aprender. Sin perder de vista esa distinción, afinaron los mecanismos de computadoras para premiar las resoluciones correctas a través del ensayo y el error.

A partir de ese desarrollo, nuevos investigadores postularon la posibilidad de un reemplazo de la mente humana por una computadora super inteligente y otros continuaron impugnando esa creencia. La misma controversia que signó el surgimiento de la IA ha reaparecido con gran intensidad en la actualidad

Los popes ultraderechistas del mundo digital (como Peter Thiel) retoman el fetichismo de los primeros creyentes en la supremacía total de las computadoras. Resaltan que los nuevos instrumentos digitales podrán superar la mente de los mortales y remarcan las ilimitadas potencialidades de la información como recurso computable. Con esos fundamentos desenvuelven sus tesis transhumanistas.

Pero pierden de vista que IA no opera como un autómata pensante, sino como un algoritmo que reconoce patrones y esa identificación presenta mayor familiaridad con la percepción que con la cognición. Es posible que el ChatGPT produzca textos que los humanos nunca concibieron, pero lo hará reformulando los datos ya conocidos

El propio auto entrenamiento de las computadoras está inducido por decisiones humanas y en cada etapa de ese desarrollo se definen orientaciones que las máquinas procesan en forma automática. La elección de esas fuentes, su ponderación, la forma de clasificarlas y el tipo de algoritmos privilegiados corresponden a decisiones humanas influidas por la ideología, los intereses y los objetivos de sus mentores.

La obsesiva atención por discernir si la IA podrá superar al cerebro humano, acompaña al desinterés por indagar los dos principales determinantes del desarrollo actual de esa tecnología: el proceso de trabajo y el beneficio capitalista.

El primer campo ha sido el principal destino de las tecnologías que antecedieron a la IA. Todas apuntaron a introducir mejoras que permitieran aumentar la productividad de la economía. El segundo plano deriva del principal propósito de las innovaciones bajo el capitalismo que es el incremento del lucro.

Para clarificar el rumbo de la IA es más fructífero concentrar el análisis en estos dos campos, que en las infinitas especulaciones sobre cuándo y cómo las computadoras destronarían al cerebro.

El curso que siguió cada tecnología estuvo siempre determinado por las reglas y contradicciones de los sistemas sociales en que se desenvolvieron. Esa causalidad jamás fue inversa y por esa razón, ninguna máquina determinó el rumbo de una sociedad. Ese pilar económico-social siempre operó como impulsor o freno de las trayectorias tecnológicas y esa misma direccionalidad se repite en la actualidad con la IA.

La IA transita por un nuevo peldaño de la tendencia capitalista a sustituir el trabajo vivo y directo por el trabajo muerto ya incorporado en las máquinas. Esa automatización emerge de la competencia por incrementar las ganancias, reduciendo los costos y elevando la productividad.

Esa dinámica sustitutiva consumó un salto cualitativo en los años setenta con la introducción de los robots, que anticiparon a la IA mediante operaciones de un autómata que se mueve por sí mismo, prescindiendo de la intervención humana directa en ciertas áreas del proceso productivo. El robot se desenvolvió reproduciendo con máquinas automáticas las acciones físicas de los individuos y estimulando a su vez la creación de artefactos como los lavaplatos, las fotocopiadoras o los cajeros automáticos.

La inteligencia artificial procura también reeditar las capacidades humanas, pero en lugar de imitar las habilidades corporales pretende emular el cerebro. Se desarrolló con instrumentos para reconocer la voz y jugar al ajedrez y se extendió con sofisticados procesos para analizar, filtrar y categorizar la información, mediante algoritmos que orientan el procesamiento de los datos hacia fines específicos.

Lo que permitió su explosivo desarrollo actual fue el almacenamiento del inédito volumen de datos, que han logrado reunir las empresas que encabezan su instrumentación. La emulación del cerebro mediante la digitalización alcanzó a su vez una escala sin precedentes, con el traspaso de una frontera tras otra, en la conversión de todo tipo de señales (sonidos, imágenes, información), en códigos formados por ceros y unos.

Pero esa copia del cerebro ha sido motorizada por el propósito económico de incrementar la productividad en todas las esferas de la actividad laboral. La IA no se limita a imitar al trabajador individual, con la simple multiplicación del robot humanoide. Los gigantes de la logística (Amazon, Alibaba, DHL, UPS), de la movilidad (Uber, Share Now, Foodora, Deliveroo) y de las redes sociales (Facebook, TikTok, Twitter), utilizan la IA para apuntalar el nuevo modelo de capitalismo de plataformas.

Es evidente que pretenden extender la gestión algorítmica para enriquecer a la nueva plutocracia digital. Pero lo que suele ocultarse, es que ese propósito se efectiviza incrementando la explotación de los trabajadores.

Si con el taylorismo las máquinas imitaban el movimiento de los cuerpos para crear la cadena de montaje, bajo el capitalismo digital la IA reproduce procesos mentales complejos con el mismo propósito. Las computadoras son entrenadas con ese objetivo utilizando los gigantescos repositorios del patrimonio cultural, el conocimiento colectivo y los datos sociales.

Su meta prioritaria es incrementar la productividad para engrosar las ganancias de los acaudalados y por esa razón, recurren a la misma presión sobre los asalariados que despliegan todos los patrones. Utilizan el mismo chantaje, que en el pasado se consumaba introduciendo máquinas para las disuadir las huelgas o aplastar los sindicatos. Para disciplinar a los rebeldes, actualmente se recurre a las computadoras y en el futuro próximo a la IA.

Esa última innovación refuerza la precarización laboral. Ejerce sobre los trabajadores calificados, la misma presión que desenvuelve la maquinaria sobre los asalariados que realizan actividades básicas. La IA no es una invención autocentrada en resolver los enigmas históricos de la mente humana, sino un nuevo instrumento para aumentar la tasa de explotación mediante la intensificación del trabajo.

PRIMACÍA DE LA MATERIALIDAD

El nuevo tipo de trabajo asociado con la IA incide sobre dos grandes modalidades: actividades dentro de las plataformas y procedimientos comandados por las plataformas. El primer caso involucra operaciones complejas de analistas informáticos y programadores de variada calificación. La segunda variedad agrupa las nuevas actividades que operan directamente conectadas con las plataformas, mediante múltiples servicios (como choferes o repartidores).

Pero ambas acciones dependen de la gigantesca estructura material que sustenta al capitalismo digital. Esas actividades están totalmente atadas a la provisión de los insumos físicos que permiten cumplir las tareas asignadas, porque ningún software funciona sin el hardware. Es importante registrar esa conexión, para evitar el típico mareo de imaginar a la revolución digital como un proceso desenvuelto en el etéreo universo de las........

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