La navidad dejó una imagen heroica
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26.12.2025
Creo que esa fue la navidad más triste en la existencia de mi padre. Era el año de 1962, y a pesar de mi corta edad yo veía en su rostro algo que le había quebrado el espíritu. Aquella Nochebuena fue muy lluviosa. Nochebuena huérfana de villancicos, sin pastorcitas ni el bobo Andrés disfrazado de San Nicolás. Papá, con las gafas empañadas —recuerdo—, descorchó una botella de vino “La Sagrada Familia” y nos reunió a todos en el rústico comedor, diciéndonos: “Que esta celebración, que este nuevo advenimiento del Niño Jesús nos traiga la paz, que se acaben las pestes, que se extermine la guerra. Elevamos una plegaria por la salvación del mundo y de nuestras almas”. De afuera, de la calle estremecida en ocasiones por el bobo Andrés, se filtraba un aire filoso y del templo llegaban las notas, en el órgano, de la antigua canción germana “Noche de Paz, Noche de Amor”. En la Plaza, húmeda y olorosa a nardos, el grito de los borrachos refugiados bajo el viejo y legendario cío, improvisando con latas de sardina y un desentonado cuatro una parranda sacrílega en coplas vulgares, parecía ser el toque musical que desterraba la soledad. Apenas concluyó mi padre las palabras todos entonamos una oración y mi madre colocó al Niño Jesús en el pesebre. Era un simple pesebre ataviado de musgo que traíamos de El Paramito o Jají, en una aventura que nos fascinaba a los niños del poblado. Se decía que aquellos lugares estaban encantados y que en medio del verdor magnético de la laguna bien podía emerger una encantadora mujer o un horrible gigante, según les cayeran en odio o gracia los presentes al Encanto. Pero cuando llegábamos al maravilloso paraje, atados a los malos presagios, cabalgando en la lluvia o en el rugido del viento, o fuese con el sol que........
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