En busca de una certeza mortal y rosa
En busca de una certeza mortal y rosa
Si algo descubre Umbral al final es que el dolor no se va, tan solo cambia de lugar. Y que mientras haya alguien sentado en una silla, mirando sin decir nada, Pincho –de alguna forma imposible y brutal– sigue existiendo
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Durante el verano de 2007, un hombre se pasea con la mirada perdida por la planta de oncología pediátrica del Hospital Montepríncipe, en Boadilla del Monte. Tiene más de 70 años y un cáncer que le roba el tiempo. No habla con nadie. No llama la atención. Busca una silla donde sentarse y observa. Mira. No dice nada. Al cabo de un rato se levanta y se va. Pero vuelve por la tarde. Y a la mañana siguiente. Y un día después.
Una de las enfermeras se ha fijado en su presencia. Sabe que es un paciente porque arrastra un gotero y una melancolía difícil de clasificar. También un cuerpo blanquísimo, como si empezara a vaciarse desde dentro. La enfermera pide reunirse con la jefa de la unidad. Ese hombre no molesta, pero tampoco encaja. Y en un lugar así, lo que no encaja inquieta. Sobre todo, por las familias. Una unidad de oncología pediátrica no necesita explicaciones. Se sostiene por la costumbre de quienes trabajan allí, por una forma de resistencia difícil de entender. Miran a la muerte todos los días, pero no la convierten en discurso. No pueden. La jefa escucha y dice que no lo molesten. También está ingresado. Si no habla con nadie, si no interfiere, no ve motivo para echarlo.
A los pocos días, el hombre pasa más tiempo en los........
