¡Un grito a tiempo!
El mundo observó con asombro el ascenso de Donald Trump. Observó con alivio su derrota. Observó con incredulidad su regreso. Sin embargo, quizá la lección más inquietante de esta época no sea el propio Trump, sino el hecho de que durante años demasiadas personas se convencieron de que Trump era el problema cuando en realidad era apenas el síntoma más visible de un fenómeno mucho más profundo. Se creyó que se trataba de una anomalía pasajera, de una excentricidad política, de un accidente histórico que terminaría corrigiéndose por sí solo gracias a la fortaleza de las instituciones estadounidenses. Se pensó que una derrota electoral bastaría para clausurar el capítulo. Después se asumió que los procesos judiciales terminarían por sepultarlo políticamente. Más tarde se apostó a que sus excesos acabarían aislándolo. Luego se dio por hecho que el desgaste natural de los años consumiría aquello que quedaba de su influencia. Una y otra vez la realidad se encargó de desmentir esas certezas.
La realidad fue más rápida que los diagnósticos, más obstinada que los deseos y mucho más severa que los pronósticos. Trump perdió una elección, pero el fenómeno sobrevivió. Salió de la Casa Blanca, pero la polarización permaneció. Fue derrotado, pero el resentimiento siguió creciendo. Fue investigado, pero la narrativa victimista se fortaleció. Abandonó el poder, pero quienes lo utilizaron como vehículo jamás abandonaron el proyecto. Finalmente regresó, y ese regreso debería provocar una profunda sacudida intelectual, política y moral no solamente dentro de Estados Unidos sino en todo el mundo democrático. Porque si después del asalto al Capitolio, después de los escándalos, después de los procesos judiciales, después de las fracturas institucionales y después de una derrota electoral el movimiento logró volver al poder, entonces el problema nunca fue exclusivamente un hombre.
Lo verdaderamente inquietante no es la existencia de corrientes extremistas. Han existido siempre. Han cambiado de nombre, de bandera, de lenguaje y de protagonistas, pero han existido siempre. Lo verdaderamente inquietante es la incapacidad de demasiados sectores democráticos para comprender a tiempo la magnitud del desafío que enfrentan. Lo verdaderamente preocupante es observar a quienes creen en las instituciones comportarse como si dispusieran de tiempo ilimitado para reaccionar; como si siempre fuera a existir una elección más; como si siempre fuera a aparecer un candidato providencial; como si la historia estuviera obligada a conceder prórrogas infinitas a quienes no terminan de ponerse de acuerdo; como si los riesgos más graves pudieran combatirse mañana con la misma eficacia con que podrían haberse combatido hoy.
La historia está llena de ejemplos que desmienten semejante ilusión. Ninguna sociedad se derrumba de un día para otro. Ninguna democracia se erosiona en una sola noche. Los procesos de deterioro suelen ser graduales. Comienzan con la normalización de conductas que antes parecían inaceptables. Continúan con la banalización de los excesos. Prosiguen con la resignación de quienes........
