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Rafael Blasco García: «La frontera líquida de las emociones humanas»

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27.04.2026

Estamos viviendo una época de grandes profesionales del pesimismo. La imagen fugaz y violenta de nuestro tiempo ha agotado la sensibilidad de la sociedad. En el trono circular de la política, no se sienta con firmeza la esperanza, pero sí la sinrazón y su falsa anatomía de la existencia. Las cicatrices de la sinrazón actúan como recordatorios permanentes de la fragilidad humana, simbolizando las tristes huellas físicas, emocionales o históricas que dejan las guerras, la violencia política o los eventos violentos, irracionales o traumáticos. Estamos ante un debilitamiento poético de la existencia que nos habla de la pérdida de una mirada contemplativa, profunda y simbólica sobre la vida.

La pureza, como fuego interior, como perfección subjetiva e individual, ha salido del refugio de la mente humana para errar por un mundo de suciedad existencial; pero un prolongado y hermoso milagro la hace renacer en la infancia de todas las generaciones, en esa primigenia ignorancia que esencialmente somos, dando al hombre la oportunidad de retenerla a su lado para embellecer nuestro tiempo cotidiano y metafísico, logrando que la enronquecida melodía del mundo no suene desafinada. Urge que la razón prenda como llama de una cosa en otra.

Que se propague la verdad, que se desmande algo puro, batallador e ilusionante, dejando tras de sí toda brizna de mezquindad. Ser hombres y mujeres que algo bello se sacan del pecho para ponerlo en otras manos. El ser humano no se encuentra en esta sociedad en posesión de sí mismo, y se pierde en su propia libertad, descarriándola por sendas equívocas, fantaseando visiones pálidas de la vida. Todos sabemos bien que nos damos muy poco, y esa carencia de altruismo genera nuestro propio drama existencial. El altruista pertenece ya a un censo limitado de mitos, y eso no tranquiliza a nadie. El gran pecado del mundo está en el egoísmo que se alimenta de presas cándidas que aletean imprudentemente en los escaparates de la vida. La moral, asomada al vértigo del consumo, pierde enseguida la cabeza. Saltamos como agua en aceite cuando se nos pone ante el espejo de nuestros defectos, y sonreímos cuando alguien menciona alguna de nuestras virtudes. Se nos da muy bien el autoengaño y el individualismo, pero se nos da mejor la incapacidad para salir de estos círculos viciosos en los que tan solo tropezamos con los defectos ajenos. Dejémonos de centrarnos en la expansión de la miseria filosófica y reparemos en la belleza que nos queda, aun en los más áridos momentos. El solipsismo resulta estéril; la fuerza nace de la conexión con el exterior y con los ideales que nos trascienden.

Los ciclos históricos se cierran por el agotamiento de los mitos y paradigmas, los cuales pierden........

© Periodista Digital