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Lo bien cierto es que, a Santo Tomás de Aquino, no lo hicieron obispo. Fraile era y fraile se quedó; ese es el dato que mata el relato.
Casi cincuenta años después de su muerte fue canonizado por Juan XXII, en el año 1323. Los escritos del santo de Aquino, han sido, y aún hoy en día son, el vademécum de la ortodoxia católica; sin embargo, todos aquellos que se acogen a la literalidad de su Suma Teológica, olvidan, o desconocen, sus últimas palabras. De ellas nos da cuenta la Enciclopedia Católica:
«Y el 6 de diciembre de 1273, dejó su pluma y no escribió más. Ese día, durante la Misa, experimentó un éxtasis de mucha mayor duración que la acostumbrada. Sobre lo que le fue revelado durante aquel trance, sólo podemos conjeturar por su respuesta al padre Reinaldo, que le animaba a continuar sus escritos: «No puedo hacer más. Se me han revelado tales secretos que todo lo que he escrito hasta ahora parece que no vale para nada» (modica, Prümmer, op. cit., p. 43)».
Hasta ese momento toda la obra de Santo Tomás se hallaba construida, tomando como eje vertebrador el Credo de Constantino. Sobre este credo desarrolla su espesa doctrina de justificación del dogma preestablecido, la cual será uno de los puntales sobre los que se asienta el actual Catecismo de la Iglesia Católica. Pues bien, conviene que no olvidemos sus palabras el día que decide interrumpir definitivamente su Suma Teológica: «Se me han revelado tales secretos que todo lo que he........
