Tropezando con la misma piedra
El Niño costero que hoy nos agobia desnuda que los peruanos somos campeones tropezando con la misma piedra. Este fenómeno no es una sorpresa de la naturaleza, ya que ocurre con frecuencia al ser cíclico y razonablemente predecible, pero cuando llega, las distintas autoridades se culpan entre ellas y nos encuentra desprotegidos. La respuesta estatal ante este fenómeno recurrente es una combinación letal de ineptitud técnica, indolencia política y corrupción sistémica.
La ineptitud se manifiesta en expedientes técnicos improvisados, obras mal diseñadas o inacción. En Piura se invirtió millones en pistas cuyo drenaje fue subestimado o simplemente omitido. La Autoridad Nacional de Infraestructura carga hoy con los retrasos heredados de la Reconstrucción con Cambios, mientras sistemas de drenaje pluvial largamente anunciados en Chiclayo y Piura siguen postergándose. En Arequipa varias torrenteras se desbordaron por falta de mantenimiento y limpieza. Se conoce lo que se debe hacer, pero no se ejecuta.
La indolencia se expresa en autoridades que llegan cuando el agua ya arrasó todo y reparten ayuda temporal en lugar de haber evitado la tragedia. Se privilegia la emergencia —que permite contrataciones rápidas y menor escrutinio— antes que la previsión y planificación que salva patrimonio y vidas. Se sabe que los desbordes afectarán zonas agrícolas y urbanas vulnerables, pero los presupuestos para defensas ribereñas o mantenimiento preventivo se ejecutan tarde, mal o simplemente se devuelven por incapacidad de gestión.
La corrupción, finalmente, cierra el círculo: descolmataciones de ríos mal hechas o inexistentes, muros de contención que colapsan por materiales deficientes y consultorías que drenan recursos inútilmente. Recursos malgastados por la mediocridad y el saqueo. Y lo más grave es que las soluciones están identificadas desde hace décadas. No se trata de inventar nada nuevo.
Se requiere: sistemas integrales de drenaje pluvial urbano en ciudades del norte y centro, defensas ribereñas y encauzamiento técnico de ríos en cuencas críticas, reservorios y obras de laminación aguas arriba para amortiguar picos de lluvia, manejo y reforestación de cuencas altas, infraestructura resiliente (puentes con mayor capacidad hidráulica, carreteras con drenaje adecuado, redes de alcantarillado redimensionadas), y ordenamiento territorial efectivo.
Nada de esto es desconocido. Los estudios existen, los diagnósticos están hechos y los recursos han sido asignados más de una vez. El Niño nos derrota porque encuentra un Estado débil, descoordinado y permeable a incentivos perversos. Persistir en esta inercia equivale a aceptar que miles de familias pierdan una y otra vez su patrimonio, que la infraestructura pública se tenga que reconstruir cíclicamente y que se debilite el crecimiento económico.
Si el país sabe exactamente qué obras necesita y aun así no las ejecuta, el problema deja de ser técnico y pasa a ser ético. El próximo Niño no será una sorpresa. Será la confirmación de que, pudiendo prevenir, elegimos no hacerlo. Y esa decisión tiene responsables, incluyendo a los que votan por autoridades ineptas o corruptas. Pero antes tenemos que lidiar con el Niño actual.
