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El Estado Plurinacional y los ladrones honrados

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31.03.2026

Fiódor Dostoyevski, uno de los más grandes escritores rusos del siglo XIX, nos legó en 1848 el relato “El ladrón honrado”, obra breve pero incisiva que desnuda las paradojas del espíritu humano. En tiempos de hondas contradicciones como los que atraviesa nuestro país, volver a leerlo resulta un ejercicio revelador: su ironía y su crítica a la falsa compasión exhiben con crudeza las fisuras morales de una sociedad edificada bajo el poder absoluto del emperador de “todas las Rusias”.   En este cuento, el genio de Dostoyevski expone la ética de la pobreza a través de personajes profundamente humanos y universales. Yemelián, el pobre, es astuto, chismoso, vicioso y ladrón; se aprovecha de la bondad del sastre Astáfi, quien, tras agotadoras jornadas en condiciones inhumanas, comparte con él su cena —preparada por la sirvienta Agrafena— y el estrecho refugio donde habita. Un día, Yemelián roba unos pantalones que Astáfi remendaba, para costear sus vicios. Al regresar, moribundo, confiesa su delito y pide ser enterrado sin su capa raída, convencido de que ese gesto compensa el robo. La ironía es evidente: el pícaro presume de honradez en el acto mismo de su miseria.   Tradicionalmente, este relato se interpreta como una expresión de compasión hacia los marginados, eco del mandato cristiano de “hacer el bien sin mirar a quién”. Sin embargo, Dostoyevski va más allá: retrata con maestría la sociedad imperial, donde el Zar es dueño de la tierra y la alquila al mejor postor. Los trabajadores pagan con su esfuerzo, los campesinos con su servidumbre, y ambos son despojados por quienes viven del Estado, dilapidando en vicios los bonos que reciben. Cuando algunos alcanzan un cargo o una posición de confianza, roban cuanto pueden: tiempo, sobornos, falsificaciones. Al final, es el propio Estado quien sepulta vidas improductivas, incapaz de generar progreso, superar debilidades o crear mejores condiciones de existencia. Se convierte en un administrador perpetuo de la pobreza, mientras los campesinos siguen sosteniendo la subsistencia con el fruto de su tierra.   El genio de Dostoyevski trasciende los siglos y, en su espejo, se refleja nuestra sociedad. Aquí también gobiernan los pobres de espíritu, los mediocres de conciencia, los que invocan a Dios para justificar revoluciones en nombre de la justicia y la libertad. Son voces huecas, incapaces de construir, que difunden basura informativa consumida como alimento cotidiano. El Estado, que debería educar, se resigna a permitir el morbo y la vulgaridad, disfrazando el escándalo y la notoriedad bajo el noble título de “libertad de expresión”.


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