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Morante de la Puebla merece el Premio Princesa de Asturias de las Artes

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20.04.2026

Morante de la Puebla merece el Premio Princesa de Asturias de las Artes

Morante entra al ruedo no solo como torero, sino como un artista que busca conectar profundamente con el toro y con el público.

La faena de Morante de la Puebla en la Maestranza de Sevilla el 16 de abril de 2026 fue una obra maestra efímera que trasciende el ámbito del toreo y se sitúa de lleno en la esfera del arte contemporáneo. Al igual que las performances de la artista serbia Marina Abramović (Premio Princesa de Asturias de las Artes en 2021 y defensora de la tauromaquia), la actuación de Morante se caracteriza por su presencia absoluta y su confrontación directa con la muerte, transformando el ruedo en un escenario donde el riesgo y la vulnerabilidad se convierten en elementos centrales.

Morante entra al ruedo no solo como torero, sino como un artista que busca conectar profundamente con el toro y con el público. Su traje de luces dorado destaca su figura como un icono, un ser mitad guerrero, mitad sacerdote. Desde el primer movimiento con el capote, deliberado y casi ritualista, se establece un contraste hipnótico entre la calma del hombre y la furia del toro. Este enfoque medido, que recuerda la obra de Abramović, invita a una reflexión sobre la vida y la muerte, transmitiendo una sensación de peligro latente que mantiene al espectador en vilo.

Uno de los momentos más impactantes fue cuando Morante pidió una silla, se sentó en medio del ruedo y, cruzando las piernas con naturalidad, invitó al toro a embestirlo mientras permanecía quieto. Este acto de provocación extrema es una manifestación de poder a través de la vulnerabilidad: la verdadera fuerza reside en la calma frente al caos. La interacción adquiere entonces un carácter casi sagrado; el público guarda un silencio reverencial, consciente de que cada pase puede ser el último.

A medida que avanza la faena, las banderillas se convierten en extensiones del cuerpo del torero; cada inserción es un acto performático de dolor compartido, una danza de mortalidad y empatía. La culminación llega con la muleta, donde Morante traza figuras en el aire y lleva al toro y a sí mismo a una espiral hipnótica. Su cercanía extrema, casi abrazando al animal con la tela roja, enfatiza una intimidad peligrosa que recuerda aquellas obras de Abramović en las que el cuerpo del otro se convierte en espejo de la propia vulnerabilidad.

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Al finalizar, Morante retira su sombrero negro y lo transforma en un símbolo ritual que sella la experiencia compartida con el público. La ovación final no celebra únicamente al torero, sino que reconoce el profundo acto artístico que acaba de tener lugar. La obra de Morante no es un mero espectáculo deportivo —como sugiere la denominación inglesa "bullfighter"—, sino una acción de arte vivo, una meditación sobre la fragilidad de la vida y la belleza efímera del instante presente. Su faena bien podría titularse "Duración y riesgo: diálogo con un toro", representación material de la cercanía con la muerte y de la impermanencia del momento.

Si no fuera por el complejo cultural y la falta de pensamiento originario que caracterizan a buena parte del panorama académico español —donde los congresos sobre body art censurarían sin dudarlo un artículo como este—, no cabría la menor duda sobre el reconocimiento que merece el torero andaluz con el Premio Princesa de Asturias de las Artes. Morante no es solo un torero, sino un artista cuya obra trasciende géneros y épocas, conectándose directamente con la esencia más profunda de la cultura española, de Cervantes a Barceló pasando por Góngora, Goya, Lorca y Picasso. Concederle este premio no solo celebraría su arte, sino que afirmaría que el arte contemporáneo puede habitar, renovar y elevar las tradiciones más antiguas. Sin este reconocimiento, los Premios Princesa de Asturias carecerán de la plenitud necesaria para reflejar la verdadera riqueza cultural que pretenden representar.

Premios Princesa de Asturias


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