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Rufián, el 'pijoaparte' de TikTok

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14.04.2026

Rufián, el 'pijoaparte' de TikTok

Este nuevo Pijoaparte es un figurante que balbucea consignas de manual. No es un aliado de la clase obrera ni el héroe del proletariado.

Si Juan Marsé hubiera tenido que imaginar la decrepitud del espíritu de los barrios en esta era de marketing de guerrilla y narcisismo de silicio, no habría necesitado inventar un personaje; le habría bastado con sentarse a observar a Gabriel Rufián, ese Pijoaparte de pantalla táctil que ha sustituido la mística de la moto robada por la del tuit con retintín. En su figura, el drama de la integración charnega no desemboca en tragedia romántica, sino en el puro esperpento de la calle del Gato, donde los espejos deformantes de la realidad han convertido al rebelde de polígono en un dandi de serie B con un pánico atroz a tener que volver a sellar el paro. Rufián es el triunfo de la vulgaridad política, un producto de diseño para consumo cutre que intenta camuflar su carencia de heráldica intelectual e ideológica bajo un traje que, por más que se ajuste a su anatomía de gimnasio y suplementación, jamás logrará ocultar el código postal del que huye desesperadamente.

Este nuevo Pijoaparte es un intruso semántico, un figurante que balbucea consignas de manual. No es un aliado de la clase obrera, a la que cita con la distancia de quien estudia una especie en extinción, ni tampoco es el héroe del proletariado. Es el superviviente de un naufragio ético y estético. Ha descubierto que, en la capital del Reino, el aire acondicionado del Congreso, las dietas por desplazamiento y las noches de amor y lujo curan todas las heridas de clase.

Rufián empieza a desbordar las costuras de una formación que ya se le queda pequeña. No es que las siglas de ERC se desvanezcan, es que el aroma a fin de ciclo personal empieza a filtrarse por las moquetas de las Cortes. El hombre que hizo carrera despreciando el "Régimen del 78" experimenta hoy un terror místico ante la idea de perder su sustento en él. Ante la amenaza inminente de la irrelevancia y el pánico a tener que regresar a esa realidad material de madrugones, currículums en PDF y el frío gris de la periferia, se ha sacado de la manga la enésima "unión de la extrema izquierda nacional", buscando en Madrid un refugio que su partido, ya saturado de su perfil, quizá no pueda garantizarle por mucho más tiempo.

Es el prestidigitador del subsidio en estado puro: pretende coser las costuras de una izquierda fragmentada con el hilo de su propia desesperación laboral. No busca la revolución, busca la prórroga de su contrato público; no busca la toma del Palacio de Invierno, busca asegurar la toma de corriente para cargar el iPhone en el despacho durante otra legislatura más. El "pijoaparte" con ínfulas, ese "indepe" de manual que busca desesperadamente una salida profesional ahora que el viento ha dejado de soplar a favor, es una de las visiones más cómicas de la España contemporánea. Es el esteta de lo subvencionado que, cuando Oriol Junqueras ya no está dispuesto a costearle el escaparate, descubre que su única patria verdadera es la nómina del Congreso.

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Rufián es, en última instancia, el contable de su propia insignificancia. Ha comprendido que en la España del esperpento sale más a cuenta facturar agravios que gestionar realidades. Su "unión de izquierdas" no es un programa de gobierno, es una OPA hostil sobre la nostalgia de los desheredados, ejecutada por alguien que hace años que no distingue un convenio colectivo de la carta de vinos de un restaurante de autor. Es el triunfo del marketing sobre el pensamiento; el hombre que vino a asaltar los cielos y terminó conformándose con el mando a distancia del televisor, rezando para que el "régimen" que tanto desprecia le conceda, al menos, un minuto más de gloria en el prime time.

En esta farsa de asimilación, su chaqueta no es una prenda, es su armadura contra el olvido, aunque le quede tan estrecha que parece pedir clemencia a cada respiración. Hay algo de testosterona con asteriscos en ese cuerpo embutido que amenaza con liquidar las costuras del trapo; es el triunfo del volumen sobre la línea, el sueño de un portero de discoteca que ha descubierto que se gana mucho más dinero vigilando el acceso a la gobernabilidad del Estado que la puerta de un local nocturno. Es el clamor callado por la supervivencia, el pánico absoluto de verse fuera del pesebre envuelto en una pátina de superioridad moral que solo puede permitirse quien ha olvidado el olor del metro en hora punta pero recuerda perfectamente el precio del gin-tonic en el reservado donde se pacta la "resistencia" entre selfis.

Este Pijoaparte moderno ya no aspira a robarle el corazón a ninguna "nena bien" para ascender. Busca es que el propio sistema, al que llama "régimen" con la boca pequeña para mantener el personaje, le mantenga la inmunidad, el sueldo y los focos. Su drama es el de la asimilación absoluta por el método de la queja constante; quien vino a incendiar la pradera del Estado opresor se ha convertido en el extintor oficial del Reino, un personaje de Marsé que, cansado de mirar las luces de la ciudad desde la colina del Carmelo, ha decidido que se está mucho mejor rumiando melancolía de clase media-alta en el asiento trasero de un Tesla. Su supuesto odio de clase a la burguesía es la broma más pesada de la legislatura; una hostilidad que se disuelve en cuanto aparece una cámara de televisión o una invitación a un photocall de máxima audiencia.

Al final, cuando las luces de los platós se apaguen por falta de audiencia y el algoritmo deje de favorecer sus muecas ensayadas, no quedará de Rufián ni siquiera el recuerdo de un rebelde, sino el eco sordo de un juguete roto que intentó vender magia política barata para no tener que buscarse un empleo de verdad en el mundo de los mortales. El Pijoaparte ha llegado a la cima solo para descubrir que no hay gloria en la capitulación, sino una irrelevancia de diseño. Su revolución termina donde empezó: en el reflejo de un escaparate, donde un hombre embutido en un traje ajeno contempla, con pavor infinito, cómo su única huella en el mundo es un video de quince segundos que ya nadie quiere compartir. Quedará solo la percha, el traje vacío de quien defendió bajo el disfraz de la unidad de izquierdas salvar su propio cuello del anonimato

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