Carta desde Barcelona. El Mundial
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Envidio a los gregarios, esas personas capaces de integrarse en un grupo y sentir en colectivo. Hay algo liberador en esa renuncia voluntaria a la propia individualidad, que tanto pesa a veces y ahoga. Insoportable solipsismo del que seguro habló algún famoso filósofo. Tal vez renunciar no sea la palabra, puede que quienes forman parte de una masa lo que hacen es adaptar la escala sonora de su personalidad a la de los demás componiendo una melodía común hecha de todas las voces. Pero aun así siempre sentí un miedo visceral atávico cuando me vi sumida en la indiferenciación de una muchedumbre que se mueve al unísono y más aún cuando es tan poderosa que arrolla, cuando adquiere forma de riada imparable. Ni la lectura del ensayo de Elías Canetti (Masa y poder) me permitió comprender mejor esa experiencia y evito de un modo sistemático las aglomeraciones, las manifestaciones, las multitudes gritando y vociferando, tanto si es de protesta como si es de alegría y celebración. Verme de repente en ese tipo de contexto me provoca una reacción física absurda y ridícula: empiezo a llorar a chorro como si se tuviera un grifo abierto en los ojos y lo hago sin ni siquiera pasar por la emoción sentida, por la conciencia simbólica que vincula la situación con un recuerdo o un pensamiento o una proyección a futuro.
Pues a pesar de todo esto que les cuento el domingo me vi de repente formando parte de una masa cargada de esperanzas, primero, y electrificada por la euforia después. La maternidad la lleva a una a hacer cosas de lo más raras. Más en este siglo y en esta parte del mundo en el que parece que cualquier carencia........
