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Pulp: crónica de una noche memoriosa y memorable

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05.06.2026

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A Adriana Ortega Calderón

Al término de la interpretación de “Spike island”, la multitud corea “Jarvis, Jarvis, Jarvis”. Jadeante, el vocalista agradece juntando las palmas pero ante la duración de los vítores corrige: “No, ¡Pulp, Pulp, Pulp!”, justo recordatorio de que la banda no está a su servicio: él es un miembro más, como lo corroboran los créditos de cada composición. Más tarde, sin embargo, al concluir “Underwear”, aceptará los aplausos y las menciones, intercambiando miradas con el bajista Andrew McKinney, quien sonríe con gesto cómplice: “Ni modo, acéptalo”.

Jarvis es un frontman atípico. Otros cantantes acuñaron una postura que se solidificó en una pose icónica: Mick Jagger flexionando las rodillas mientras se contorsiona con las manos en las caderas; Liam Gallagher, de anteojos oscuros, con la cara erguida y las manos a la espalda en actitud retadora; Robert Plant, con el torso descubierto, acariciándose con procacidad barriobajera. Jarvis, en cambio, es el primero en asumirse histrión sin representar caracteres, a diferencia, por ejemplo, de Peter Gabriel. Si muchos grandes frontmen encarnaron un personaje hasta el punto de que hombre y artista se vuelven indistinguibles, este vocalista, cuya vestimenta actual recuerda la de un profesor bohemio –cuando lo veo, pienso en un Ichabod Crane regresando por la noche de los pubs de Sheffield con el rugir de las fábricas al fondo–, supo desde sus inicios que no era una personalidad heroica ni seductora, sino un médium para encarnar las historias de Pulp; una suerte de ectoplasma en una sesión espiritista.

A medio camino entre el baile y la gimnasia, sus movimientos escénicos parten de la torpeza corporal para convertirse en una extraña coreografía que incluye flexiones de falanges –uno esperaría escuchar el crujido–, alzamientos de hombros como si bailara voguing, torsiones de cuerpo, rodillas que se doblan como si hubiera recibido un martillazo, brazos extendiéndose para señalar, no con la demanda del líder que te involucra para seguirlo, sino con la del amigo que te integra a la conversación porque te sabe parte de la historia. Por separado, sus ademanes carecen de simetría, elemento primordial en la danza, pero en conjunto resultan dinámicos. Gracias a su resabio de amateurismo, son más auténticos que los ensayados a la perfección. Seguramente hay estudios de proxemia que clasifican cada uno de los gestos de Cocker, pero a mí me resulta evidente que sus desplantes provienen de la timidez y la desmesura que debe arrogarse el tímido para no sucumbir a las acechanzas de los matoncitos en los callejones: “You could end up with a smack in the mouth / Just for standing out”, canta en “Mis-shapes”. No hay en esa corporalidad un alarde de virilidad, sexualidad o........

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