menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Año 2000. Las claves políticas de un año infernal

39 0
02.06.2026

Nombre de usuario o dirección de correo

La ofensiva terrorista que emprendió ETA con el cambio de siglo, en el año 2000, tras el fracaso de la tregua de Lizarra, no puede entenderse sin tener en cuenta las circunstancias políticas que precedieron y envolvieron ambos acontecimientos. Unas circunstancias inéditas en la por entonces ya prolongada trayectoria violenta de la organización, puesto que suponen un notorio cambio en su estrategia, así como en las relaciones y consensos que habían mantenido los partidos vascos durante la década anterior de forma singular, desde el Pacto de Ajuria Enea, suscrito en enero de 1988 por los todos los partidos representados en el Parlamento vasco, excepto Herri Batasuna.

Mi análisis de este contexto no lo hago como historiador, que no lo soy, sino como el periodista que era entonces. Por lo tanto, no debe esperarse un trabajo sólidamente ordenado y articulado, sino una exposición de hechos e impresiones que espero ayude a comprender cómo y por qué se llegó a todo aquello que ocurrió en esas fechas fatídicas. 

Cuando se echa la vista a aquella época es difícil no verse asaltado por dos sensaciones. La primera es de extrañeza: acostumbrados ya a nuestro presente sin violencia, lo que sucedió hace veinticinco años nos parece un mal sueño lejano. La segunda sensación es de vértigo y de estupor, y a quienes vivimos aquellos hechos, o a quienes los hayan conocido indirectamente, nos llevará a preguntarnos cómo fue posible aquella pesadilla; cómo pudo soportarse tal despliegue de crueldad, vileza y desprecio por parte de los terroristas y sus secuaces; y cómo puede explicarse tanta insensibilidad, tanta falta de empatía del mundo nacionalista hacia quienes padecieron aquella acometida criminal.  

La llamada socialización del sufrimiento, como se explica con mayor profundidad en otros trabajos recogidos en el libro 2000. La vuelta del terror (Catarata), había sido elaborada por ETA y sus estructuras a mediados de los años noventa, y fue asumida mayoritariamente por las distintas asambleas locales de Herri Batasuna hacia 1995. Su aplicación comenzó inmediatamente, con atentados y secuestros de gran impacto y la generalización del terrorismo callejero. Uno de los efectos colaterales de la estrategia, aunque pretendido por sus maquinadores, fue la quiebra definitiva, en marzo de 1998, del Pacto de Ajuria Enea, que tan positivo había sido durante la década anterior para aislar políticamente a Herri Batasuna y posibilitar el rearme de la sociedad vasca contra el terrorismo. Su extinción fue fruto, sobre todo, de las tensiones que se habían instalado entre los partidos nacionalistas y las fuerzas llamadas constitucionalistas tras la respuesta social al asesinato de Miguel Ángel Blanco, en julio de 1997. 

De hecho, el Pacto ya venía renqueando desde algunos años atrás. El principio esencial de que las cuestiones políticas planteadas en el contencioso vasco debían ser abordadas exclusivamente por los representantes legítimos de la sociedad de Euskadi habían comenzado a ser cuestionadas por voces no marginales del PNV y Eusko Alkartasuna (EA) que, defendían la necesidad de negociar esos contenidos incluso con ETA para propiciar la paz. Dicha tesis aparece expresamente recogida en el libro Una vía hacia la paz, publicado a finales de 1996 por el burukide Juan María Ollora, que había participado tiempo atrás, junto con sus compañeros de la dirección del PNV Joseba Egibar y Gorka Agirre, en las conversaciones exploratorias mantenidas fuera de los focos con dirigentes de la izquierda abertzale. Este incipiente cambio de postura del nacionalismo institucional tenía dos fuentes de alimentación. Por un lado, la persistencia de ETA, a cuyos atentados se unía ahora la explosión del terrorismo callejero, la llamada kale borroka, que extendió la experiencia de la violencia a sectores de la sociedad vasca que solo la habían sufrido de forma tangencial. Y, por otro, la sensación de que el Pacto de Ajuria Enea, al supeditar el abordaje de las cuestiones políticas al final de la violencia, ahogaba sus aspiraciones de ir más allá del Estatuto de Gernika, para comodidad de los partidos no nacionalistas. 

A partir del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, los acontecimientos se precipitan en Euskadi: se produce, entre otros sobresaltos, el encarcelamiento por parte del juez Baltasar Garzón de la vieja Mesa Nacional de Herri Batasuna (diciembre de 1997) y la eclosión en la nueva cúpula dirigente de la figura de Arnaldo Otegi; y, apenas seis meses más tarde, en junio de 1998, tiene lugar la salida de los socialistas del Gobierno vasco del lehendakari Ardanza ante el acercamiento patente del PNV de Arzalluz y Egibar a postulados de Herri Batasuna, siguiendo el viraje apuntado en la llamada Vía Ollora. La nueva apuesta del PNV, como escribió posteriormente el historiador José Luis de la Granja, implicaba, “el progresivo abandono del autonomismo y la asunción sin ambages del independentismo, prescindiendo de la seña de identidad más conspicua del PNV a lo largo del siglo XX: su calculada ambigüedad sobre su........

© Letras Libres