Sócrates en Silicon Valley
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A Maica Esquino, que eligió un doctorado en filosofía mientras el mundo pedía algo más “práctico”, y convirtió esa elección en una forma noble y admirable de libertad.
Estudiar filosofía ha sido una manera particularmente eficaz de provocar una pregunta incómoda en la sobremesa familiar: “¿y de qué vas a vivir?”. Mientras ingenieros, abogados y médicos parecen avanzar por caminos profesionales previsibles, los filósofos cargan con la sospecha de haberse matriculado en una disciplina fascinante, pero económicamente inútil. Pero eso está empezando a cambiar. En una de esas ironías de la historia, la carrera que parecía no servir para nada podría terminar siendo una de las más valiosas para entender y gobernar la transformación tecnológica impulsada por la inteligencia artificial que definirá este siglo.
La filosofía, como aprendió mi generación con el extraordinario libro El mundo de Sofía (1991), de Jostein Gaardner, comienza con una pregunta. Nunca con una respuesta –mucho menos con una definitiva–, sino con la capacidad de formular la duda correcta, desmontar una certeza aparente y seguir interrogando hasta revelar contradicciones. Esa es la esencia del método socrático, descrito por Platón hace más de dos mil años: fingir que no se sabe, preguntar de manera sucesiva y obligar al interlocutor a examinar las consecuencias de sus propias afirmaciones. Las lecciones que la filosofía puede ofrecer a la inteligencia artificial son, por tanto, antiquísimas, pero fundamentales.
La conexión resulta más profunda de lo que parece. La utilidad de un modelo depende, en buena medida, de la inteligencia con la que se le interroga: de poco sirve tener acceso a la herramienta más poderosa del mundo si no sabemos qué preguntarle, cómo formular la pregunta o cuándo desconfiar de su primera respuesta. Escribir un buen prompt no está tan lejos de filosofar. Ambos ejercicios exigen precisión, contexto, pensamiento crítico y la voluntad de no aceptar respuestas fáciles.
Muchos sistemas actuales de inteligencia artificial tienden a ser complacientes: buscan confirmar al usuario, incluso cuando sus premisas son débiles o equivocadas. Jörg Noller, especialista en filosofía e inteligencia artificial de la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich, Alemania, sostiene que los modelos entrenados mediante el método socrático son, en cambio, menos propensos a decirle a la gente lo que quiere oír y más capaces de cuestionar, detectar contradicciones y perseguir la verdad.
De este modo, la filosofía está adquiriendo un nuevo valor en la industria tecnológica. Las principales compañías de inteligencia artificial han comenzado a contratar filósofos para entrenar modelos capaces de razonar con mayor rigor, reconocer sus propios errores y límites y evitar respuestas excesivamente seguras. La “ignorancia socrática” –la conciencia de cuánto se desconoce– se ha convertido así en una herramienta práctica para reducir alucinaciones y corregir lo que algunos investigadores describen como la........
