Quilcué y Oviedo, entre la representación y la instrumentalización
Por María Alejandra Victorino Jiménez, columnista invitada
Desde que Iván Cepeda y Paloma Valencia anunciaron sus fórmulas vicepresidenciales, la conversación pública no ha parado de cuestionar ambas candidaturas y preguntarse si estamos ante la instrumentalización o tokenismo de poblaciones minorizadas.
Comprender las motivaciones y las distancias entre cada fórmula permite entender qué tan cierta es esa instrumentalización, y cuál es el papel de dos líderes como Juan Daniel Oviedo y Aida Quilcué, que pertenecen a poblaciones minorizadas, y hoy hacen parte de dos de las campañas que lideran las encuestas.
La conversación pública los puso en costales iguales, menospreciando su compromiso y sus capacidades. Un sector de la ultraderecha tilda a Oviedo de ser un gay que promueve la transexualización de menores (lo cual es mentira), y desde la izquierda lo tildan de “plumas y lentejuelas”, un gay de derecha que vendió sus ideas. Por otro lado, sectores de derecha cuestionan la idoneidad técnica de Quilcué, la acusan de ser aliada de las FARC y hasta han fabricado un video para desinformar y hacerla pasar por uribista.
Desde el 12 de marzo las fórmulas vicepresidenciales han sido expuestas a una violencia política exacerbada, que en Colombia reaparece cada cuatro años con la misma brutalidad, el racismo y la homofobia no son fenómenos marginales sino instrumentos activos de la disputa electoral. La crítica legítima no puede sustentarse sobre la orientación sexual o la pertenencia étnica de nadie. Si para alguien ese es el problema, el problema es de quien lo tiene. Sigue siendo un enigma cómo lograr que la violencia no sea la primera respuesta al desacuerdo y el arma automática ante el opositor.
Ahora bien, que Oviedo y Quilcué estén donde están no significa que estén en el mismo lugar, en términos de instrumentalización. Son situaciones distintas y el análisis debe hacerse por separado.
Juan Daniel Oviedo llegó con más de un millón de votos y negoció en público con condiciones propias y programáticas. Definió sus “no negociables” con sus palabras, no participaría en un gobierno que busque desmontar acuerdos que ya son parte de la constitución. Logró un acuerdo para seguir financiando la JEP. Pidió que se reconozca que en Palestina hay un genocidio. Incluso exigió que la figura de Uribe no estuviera tan presente y que no se pactaran alianzas con De la Espriella. La negociación fue pública, documentada y con agenda propia.
La piedra en el zapato ha sido su orientación sexual. El mismo Oviedo ha tenido que salir a decir lo que parece obvio: que no llega a “mariquear el Centro Democrático, ni el país”. Si bien Oviedo ha sido activo en sus posiciones sobre los derechos LGBT desde que era director del DANE, promovió agendas para esta población como concejal y dice sentirse orgulloso de ser parte de esta población; lo que ocurrió durante su adhesión a la campaña de Valencia revela el costo real del acuerdo, cedió en los derechos de la población a la que pertenece. La entrevista de Cambio puso el dedo en la llaga, todo el país supo que la distancia central de la fórmula es exactamente sobre los derechos que Juan Daniel —y con él de las personas LGBTIQ+— no podrá materializar bajo un gobierno de Valencia. Lo más difícil de tramitar es que una persona negocie sus propios derechos. El resto de la entrevista, deja en claro que en todo lo demás se entienden, la informalidad, la salud, la seguridad, las llamadas agendas gruesas del país.
Escudarse en decir que los derechos LGBT no son competencia del gobierno es olvidar que el partido con el que Oviedo se alió tiene un historial concreto: se opone al matrimonio igualitario, a la adopción homoparental, y congresistas del Centro Democrático presentaron ponencias negativas al proyecto que buscaba prohibir las terapias de conversión —prácticas que organismos internacionales califican como tortura hacia personas LGBT. Juan Daniel Oviedo decidió entrar a esa casa sabiendo lo que había adentro.
De ganar Valencia, no habrá política de gobierno para evitar la violencia, ampliar los derechos o generar deliberación pública sobre las vidas de las personas LGBT. Es el costo que Oviedo decidió pagar, y tiene el privilegio de negociar.
Ahora Quilcué. Recibió una llamada de Cepeda una hora antes del anuncio, dijo que sí. No estaba en sus planes ni lo estaba buscando. Una decisión unilateral y personal del candidato presidencial, la puso en el ruedo como fórmula vicepresidencial. Cuando Cepeda anunció a Quilcué, el núcleo del mensaje no consistió en la exposición de un programa político, sino en la construcción de un marco simbólico de legitimidad. El campo semántico se articuló en torno a resistencia, lucha social y país justo y democrático. No sobre propuestas ni el cómo Quilcué trae sus propias agendas a sumar al proyecto político.
Sin embargo Quilcué tiene una trayectoria que habla sola. Promotora de salud indígena en los noventa y consejera mayor del CRIC, artífice del capítulo étnico del Acuerdo de Paz de 2016, y coautora de la ley estatutaria que por primera vez articula la jurisdicción indígena con el sistema judicial ordinario. Ya como senadora, presidió la Comisión de Paz y denunció el reclutamiento forzado de menores, el asesinato de autoridades indígenas y el confinamiento de comunidades en el Cauca. Durante este gobierno fue crítica de la Paz Total, la política de la que Cepeda es arquitecto, argumentando que su pueblo es el de los más afectados por su fracaso.
No cabe duda de que el mensaje de Cepeda va hacia sus bases, mantener la fórmula que funcionó en 2022 (Petro+Francia) y constatar la propuesta de un cambio estructural donde gobiernan los que nunca han gobernado. El sinsabor es que sea solo un símbolo. No hay rastro público de negociaciones ni claridad sobre qué agendas propias lidera la fórmula vicepresidencial. La trayectoria de Quilcué habla por sí sola, la campaña, no. La pregunta que aún no se puede responder es si se repetirá el patrón que ya vivieron Marta Lucia Ramiréz y Francia Márquez, fuerza en campaña, invisibilización en el poder. El riesgo de instrumentalización de las mujeres en política no distingue partido, origen territorial ni clase social.
En 1962, Martin Luther King describió el tokenismo como una táctica sofisticada de dilación, concesiones mínimas y calculadas hacia un colectivo para apagar el reclamo sin transformar el sistema, la forma más refinada de reclamar progreso mientras se mantiene intacta la estructura de exclusión. El tokenismo no es integración es su simulacro.
Quilcué tiene ese riesgo respirandole en la nuca. Su identidad y su trayectoria pueden reducirse a símbolo en una campaña que no ha explicado cómo ella ejerce agencia real dentro de ella. Muy diferente a lo que ocurre con Oviedo, quien no está siendo instrumentalizado sino que se identifica con la propuesta política y decide, con plena conciencia, ceder sobre la base de su propia identidad como miembro de la población LGBT.
Una fórmula pone la identidad en el centro como bandera. La otra la silencia como condición de entrada. Diametralmente opuestas, como el espectro ideológico en el que se encuentran y esa es, quizás, una de las ironías más reveladoras de esta campaña.
