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Los gemelos del agobio

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Quizá estamos siendo escasamente empáticos con el presidente del Gobierno. Nunca se nos ha ocurrido examinar su conducta desde el ángulo del deterioro cognitivo. Últimamente, un Sánchez que se distinguía por su lozanía, aparece demacrado, chupado, con arrugas en torno a los pómulos. Si ese es el efecto que la agobiante situación gubernamental ha producido en su externalidad física, ¿qué desperfectos no habrá sufrido su sistema neurológico interno en los últimos años?

Intentemos ponernos en su lugar y comprenderlo un poco. Imaginen un humano asediado por la responsabilidad de la corrupción de sus allegados, obligado a leer los infantiles tuits que segregan semanalmente los dos Óscares (Puente y López), con su vanidad contemplando la desaparición de la apostura y, encima, como remate, habiendo tenido que soportar cada día a su lado (durante ocho años) el desquiciante chirrido de la anfetamínica charlatanería de María Jesús Montero. Sometido a una dieta cotidiana como esa… ¿qué cerebro medianamente sano y sistema nervioso normal no colapsaría? ¿no anhelaría vehementemente algo de felicidad vegetativa?

No pretendo crear polémicas. Tan solo digo que, si queremos evaluar la cuestión, es necesario considerar todos los puntos de vista. ¿Pudiera ser que iniciativas como la amnistía o la financiación autonómica obedezcan solo a flaquezas neurodegenerativas? No sería el primer caso internacional de gobernante que, una vez jubilado, trasciende que padecía una aflicción de ese tipo sin saber exactamente cuando empezó. Pido, por tanto, para Sánchez la misma consideración con la que tratamos a nuestros mayores que padecen síntomas similares.

Por supuesto, solo estoy bromeando al hilo de las actuales especulaciones sobre el posible estado gagá de Trump, de quien todos sabemos perfectamente que Sánchez es el reverso de esa moneda. Ahora bien, si ambos esperan que la ciudadanía los recuerde afectuosamente, yo humildemente les recomiendo muy en serio que revisen a la baja tal delirante expectativa.


© La Razón