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Viudas que conjuran su duelo

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Estos días leí varios textos análogos entre sí. Todos fueron escritos por viudas como remedios caseros para el duelo emergente de la muerte de sus maridos. Igual que hablar, escribir puede hacer más cosas que conjuntos de palabras.

El más reciente de estos textos es un artículo de la escritora estadounidense Siri Hustvedt sobre la muerte de su esposo Paul Auster. De una manera nada sorprendente (se me había ocurrido a mí mismo y solo con leer las noticias), sugiere que el cáncer catastrófico que mató a Auster se desarrolló por la extrema tensión emocional que había generado en él una tragedia doble: la muerte de su nieta pequeña por haber estado expuesta a las drogas que consumía su hijo David, el cual posteriormente fue detenido por homicidio involuntario, y, apenas consiguió la libertad condicional, se suicidó con una sobredosis. Un golpazo bajo la línea de flotación de uno de los más famosos escritores contemporáneos.

Hustvedt también relata las historias que Auster se contó a sí mismo y le contó a su familia para poder procesar con cierto aplomo el trance final. Cosas como decidir que moriría en su biblioteca, la habitación que más le gustaba de su casa, o como la mágica presunción de que tendría tiempo y fuerzas para escribir un libro más (“pequeño, de 100 o 200 páginas”) con las cartas que pensaba escribir a otro de sus nietos. O........

© La Razón