El líder del mundo libre
Donald Trump camina hacia el Despacho Oval / Salwan Georges
«Las elecciones estadounidenses están amañadas, robadas y son el hazmerreír del mundo», escribió Trump en Truth Social. «O las arreglamos, o dejaremos de tener país». Se refería a las que perdió en 2016 en voto popular y en 2020, instando en estas últimas a sus seguidores a «detener el robo». Por «seguidores» hay que entender a los supremacistas blancos de Proud Boys, descerebrados y delincuentes indultados por el asalto al Capitolio, actualmente miembros del ICE, con derecho a disparar a las mujeres en la cara y a los hombres en la espalda.
Trump no entiende EE UU como un conjunto de ciudadanos nacidos en el país o naturalizados, sino como una casta definida por la raza, religión, nacionalidad y una adulación enfermiza a su persona. Por tanto, ayudado por todos los pirados que le hicieron aquella imposición de manos en la Sala Oval, pretende «poner orden» mediante la Ley SAVE que arrebataría la competencia electoral a los estados y excluiría del derecho universal de voto a negros, latinos, mayores, mujeres, discapacitados y personas con menos recursos.
SAVE impondría la acreditación de la ciudadanía inexistente hasta la fecha. En EEUU hay que estar registrado antes de votar, por lo que los americanos suelen inscribirse antes de cumplir los 18 años, pero la diferencia es que SAVE exigiría para ese trámite una prueba de ciudadanía: el pasaporte o un certificado de nacimiento estadounidense. Posteriormente, para votar, un documento con fotografía: su ID -nuestro DNI- u otro similar. Hoy en día hay estados que no exigen presentar el ID, basta el certificado de registro del votante, o incluso como en Texas, una factura de gas.
El problema radica, por tanto, en el acceso al registro previo, porque la mitad de los estadounidenses no tienen pasaporte. El número de empleados federales ha sido reducido drásticamente por lo que un trámite sencillo conlleva seis meses. ¿La derivada?, te quedas sin votar. Sacarse el pasaporte o el certificado de nacimiento cuesta 165 dólares cada uno, cantidad que mucha gente no podría pagar, y, por tanto, tampoco podría votar. La mayoría de las mujeres estadounidenses al casarse adoptaron el apellido del marido, por lo que su pasaporte no coincidiría con su certificado de nacimiento y tampoco podrían votar.
La ley SAVE exigiría que los votantes se registrasen en persona, otro serio problema para las decenas de millones de estadounidenses enfermos o discapacitados; para los que dependan del transporte público o para los vivan en zonas rurales lejos de una oficina gubernamental. Además, exigiría que los estados envíen sus padrones electorales al Departamento de Seguridad Nacional - que antes dirigía la malévola Kristi Noem y ahora dirige un exfontanero y exluchador de la MMA- para que los someta a su programa de verificación de ciudadanía. Los padrones deberían ser depurados cada 30 días, por lo que si te mudas de domicilio deberías repetir el proceso para volver a registrarte, suponiendo que a este ritmo queden funcionarios para inscribirte.
Pero el meollo está en que pretende prohibir el voto por correo, ¡que utilizó un tercio de los americanos en las elecciones de 2024! Una de las aversiones del tirano junto con la cultura y el buen gusto. El Departamento de Estado, que actualmente rastrea la actividad en redes sociales de los estadounidenses en busca de disidentes o simpatizantes del partido demócrata, sería el organismo al frente del proceso. Vade retro, Satanás.
Toda una vuelta a las leyes de Jim Crow vigentes entre 1876 y 1965 para evitar que los negros votasen. Habilitaban a los funcionarios electorales a exigir a un hombre blanco como prueba de alfabetización para poder votar que recitase el abecedario; mientras que a un negro que recitase la Constitución de memoria. Algunos lo llamarían equidistante.
Aprovechando la euforia estelar propondría llevar al líder del mundo libre a visitar los confines de la cara oscura de la luna. Seguro que Bezos o Musk lo embarcarían gratis total, aquí tendríamos un descanso y Melania una alegría. Y ya puestos, se pueden llevar a todos los secretarios de estado que les quepan. Y no importa que vuelvan.
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