No era tan simple
No era tan simple. / Shutterstock
Construimos el mundo sin comprenderlo del todo, como quien arma un mueble de Ikea, siguiendo las explicaciones marcianas del prospecto. Vivimos rodeados de objetos, normas, palabras y sistemas que usamos con una familiaridad perturbadora. Sabemos abrir puertas, encender pantallas, obedecer señales, amar, trabajar, votar, consumir, vestirnos. Todo funciona más o menos y esa funcionalidad nos tranquiliza. Pero el funcionamiento no es comprensión. Es costumbre ensayada. Formamos parte de estructuras sociales o laborales cuyo sentido profundo se nos escapa. Decimos “yo” sin saber exactamente qué señala ese pronombre. Hablamos del tiempo como si fuera una cosa que se gasta, se pierde o se ahorra, sin entender qué es lo que ocurre mientras lo medimos o lo modificamos con relojes de precisión. Llamamos realidad a un acuerdo tácito entre percepciones frágiles y relatos heredados. Aun así, sobre esa base movediza, edificamos ciudades, ideologías, familias, expectativas, himnos. La ciencia explica mucho de muy poco. Y cuando explica, lo hace a costa de abrir nuevas zonas de sombra. La técnica resuelve problemas inmediatos mientras crea otros más lentos y difíciles de nombrar. La moral ordena conductas sin aclarar del todo por qué unas valen y otras no. Vivimos en un mundo lleno de respuestas operativas y casi vacío de sentido compartido. Tal vez por eso lo llenamos de ruido. Comprender exigiría detenerse, y detenerse es un lujo sospechoso. Avanzamos. Ajustamos piezas. Parcheamos grietas. Nos adaptamos, en fin. Nos adaptamos.
Lo inquietante no es solo que no comprendamos el mundo, sino que lo confundamos con nuestras explicaciones provisionales. Creemos que nombrar es conocer, que medir es dominar, que narrar es poseer. Y mientras tanto, lo real insiste en el cuerpo que envejece, en el dolor que no se traduce, en el azar que arruina cualquier plan. Quizá construir sin comprender no sea un error, sino una condición. Tal vez el mundo humano sea, por definición, un artefacto levantado a ciegas, una obra colectiva hecha de intuiciones parciales. Lo único verdaderamente peligroso es olvidar esa ceguera. Porque cuando creemos entender, dejamos de escuchar. Y entonces el mundo, tarde o temprano, se convierte en ese espejo que nos devuelve una imagen terrible de nosotros.
