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Todo le estorba

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Cuando un gobernante no reconoce límites, deja de ser jefe de Estado para convertirse en factor de riesgo institucional. No es un líder: es un poder sin límites ni contención. Gustavo Petro ha encarnado esa deriva. Ya no se trata de un mal gobierno —eso era previsible—, sino de algo más grave: la erosión sistemática del orden que juró respetar. El problema no es solo su incompetencia; es su abierta hostilidad frente a la arquitectura de la República.

Desde el primer día, la Constitución dejó de ser su guía para convertirse en su obstáculo. No la interpreta: la elude. No la respeta: la rodea. Su obsesión por reformarla ha sido constante, pero más inquietante aún ha sido su disposición a desconocerla cuando le resulta incómoda. Hoy, incluso en la agonía de su mandato, insiste —de manera soterrada— en una asamblea constituyente que no busca corregir vacíos, sino abrir la puerta a la perpetuación de su secta política. No es una reforma: es una maniobra.

Pero el patrón es más amplio. A Petro le estorba todo lo que no controla y a él lo contiene. Le estorba la Constitución porque le impone límites; el poder judicial porque le investiga su entorno; el Congreso porque no le obedece; el Banco de la República porque le impide desbordarse; el Consejo Nacional Electoral porque lo vigila; los organismos de control porque exhiben sus excesos. Le estorba la Fuerza Pública porque no hace parte de su relato, la prensa porque revelan lo que no le conviene, los gremios porque defienden la iniciativa privada y, por supuesto, la oposición, porque le recuerda que la democracia no es autoritarismo.

Su narrativa no es la del estadista que equilibra poderes, sino la del caudillo que los somete o los desacredita. Para Petro, todo contrapeso es una conspiración y toda crítica, un ataque. Así ha instalado una lógica peligrosa: erosionar las instituciones para sustituirlas por la voluntad personal. No es un desliz; es un método. No es improvisación; es su propósito.

En consecuencia, la conclusión es inevitable: a Petro todo le estorba. Todo, salvo él mismo. Y en esa paradoja reside el mayor riesgo: un gobernante que ve a las instituciones como sus enemigos termina por convertirse en el principal obstáculo del Estado que dice representar.

Y mientras tanto, su candidato -el mismo de las FARC-, “Don Iván”, promete sin pudor que continuará “la obra”. No hay matices, no hay correcciones, no hay rectificaciones. Habría continuidad. Y, con ella, la amenaza de profundizar el desastre.


© La Nación