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La Semana Santa

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02.04.2026

Pensando en esta columna que justamente se publicará el día jueves santo, he autoafirmado mi creencia absoluta en el Dios del gran filósofo “holandés de origen judío sefardí Baruch Spinoza (1632-1677)” según el cual Dios no es un ser personal, creador o trascendente, Dios es la misma naturaleza, es la totalidad de lo existente; por esto y por defender la libertad de expresión y la democracia, fue excomulgado. Esta concepción de Spinoza sobre la idea de Dios, me parece lo más hermosa y me hace reivindicar los dioses que adoraban nuestros habitantes nativos, como eran el sol, el agua, el viento, la misma tierra; todas eran entidades sagradas. Esto cambió con la invasión española que trajo otra divinidad y la impuso por la fuerza; si nada de esto hubiera sucedido seguramente hoy no estaríamos lamentando, contaminación y muerte de tantas fuentes de agua y, con ello, poco a poco el precioso líquido se agota inexorablemente.

El Dios de Spinoza, que es la misma naturaleza, “no juzga, no castiga, no es arbitrario, es racional, necesario y actúa según las leyes de su propia naturaleza”. La concepción de Spinoza, frecuentemente citada por Albert Einstein el científico más genial del siglo XX, presenta una divinidad que se revela en la armonía y el orden de todo lo que existe”.

Precisamente esa armonía es la que hoy nos hace falta, vivimos en una sociedad absolutamente disruptiva, muchas personas atropellan las normas de convivencia, no existe respeto, la vida no se valora; este periódico diariamente da cuenta de varios muertos por atracos e intolerancia.

Por fortuna y, en concomitancia con la concepción de Spinoza, la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC) a través de su Departamento de Doctrina presenta, para la meditación del viacrucis en esta Semana Santa, una guía que, bajo el lema “Cristo camina hoy con el pueblo colombiano”, propone a las comunidades de fe contemplar la pasión de Jesús desde las realidades concretas del país, marcadas por el sufrimiento, pero también por la esperanza y la posibilidad de transformación.

El texto no se limita a la contemplación del sufrimiento, sino que propone una lectura que invita al compromiso personal y comunitario. Cada estación incluye oraciones, reflexiones y compromisos concretos orientados a la conversión de las relaciones humanas, el cuidado de la dignidad y la construcción de paz.

En este sentido, el viacrucis resalta la necesidad de no acostumbrarse al dolor ni a la injusticia, y de asumir una actitud activa frente a las realidades que generan sufrimiento. Así lo expresa en varias meditaciones que llaman a “no pasar de largo ante el dolor humano” y transformar el lenguaje, las actitudes y las acciones cotidianas.


© La Nación