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El diluvio

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Creo recordar haber leído que Kandinsky afirmaba que su abstracción había surgido de un diluvio y de una pintura sobre vidrio. Ante tan enigmática afirmación, me puse a divagar pensando en los extraordinarios dibujos que Leonardo da Vinci dedicó a imaginar fabulosos diluvios en pequeñas hojas de papel. Observador atento de la naturaleza, tan cercano al arte como a la ciencia, Leonardo podía, a partir del juego con el agua —como lo haría siglos después Carl Gustav Jung—, representar ese elemento con todo su poder arrasador cuando se desboca, generando imágenes admirables, pero también catástrofes, esas sí inimaginables.

Así como Jung, canalizando el agua con una varita a la orilla del lago de Zúrich donde construyó su Torre, lograba visualizar grandes torrentes, por mi parte, al ver los dibujos de Leonardo, me asaltaron escenas reales —o quizá extraídas de los sueños—: la avalancha de Armero y, ahora, las dramáticas inundaciones en Córdoba.

Recuerdo haber presenciado la furia con que el agua arrastraba todo a su paso en uno de los tristemente famosos arroyos de Barranquilla. Aunque hoy se nos ofrecen innumerables videos de catástrofes naturales provocadas por el agua, todavía queda en nuestra mente un espacio donde representamos con bastante claridad imágenes atávicas del diluvio, aquellas que nos llegan desde la niñez, cuando leímos el Antiguo Testamento.

Leonardo aconsejaba en sus cuadernos —escritos de derecha a izquierda, metódicamente, por ser zurdo y no, como pretende el mito, para ocultarlos— lo siguiente:“No será inútil para ti detenerte a veces a observar las manchas de los muros, o las cenizas del fuego, o las nubes, o los lodos, o lugares semejantes; porque en ellos, si los miras bien, encontrarás invenciones maravillosas, que despiertan el ingenio del pintor para nuevas composiciones, batallas, figuras de hombres, paisajes, monstruos y cosas semejantes”.Que la saturación de imágenes no sea un impedimento para entrar en ese campo en el que la observación actúa como aliciente de la imaginación.

En Leonardo, el diluvio es el fin de la gravedad: la lluvia no cae de forma vertical, todo es remolino y espiral, un movimiento en el que la geometría colapsa. Para Kandinsky, en cambio, representar el diluvio se convirtió en el fin de la representación misma. Nos resulta fácil asociar los trazos y rayones de Leonardo con torrentes de agua, aunque se trate de dibujos de una sorprendente abstracción, como si siguiera —a la inversa— su propio consejo de mirar las manchas y los lodos para despertar el ingenio, y nos ofreciera con sus grafías una forma de no perder nuestras facultades imaginativas.

Con el diluvio de Kandinsky se inaugura la abstracción del siglo XX, cuando ya hacía siglos Leonardo la había propuesto con el pretexto de representarlo.


© La Nación