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Abel Prieto: La Revolución Cubana también revolucionó el arte y la cultura

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05.08.2026

Como parte de Rumbo a Cuba, una misión de solidaridad con la isla --en la que, por primera vez, una embarcación de la sociedad civil cruzó el océano Atlántico transportando equipos de energía solar para un hospital pediátrico de La Habana--, Simón Vázquez visitó a Abel Prieto en la Casa de las Américas. Escritor y ensayista, exministro de Cultura de Cuba y hoy presidente de esta institución fundada por la revolucionaria cubana Haydée Santamaría, Prieto ha sido una de las figuras centrales de la política cultural de la Revolución Cubana durante más de tres décadas. Presidió la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), encabezó en dos ocasiones el Ministerio de Cultura y se desempeñó como asesor tanto de Fidel como de Raúl Castro.

En esta conversación, Prieto hace un balance del legado cultural de la Revolución Cubana, de sus errores --desde el caso Padilla hasta la represión antihomosexual de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP)-- y de los desafíos del presente cubano: los apagones, la emigración, las redes sociales y la batalla por el sentido.

Empecemos por el principio. ¿Cómo caracterizaría la Cuba en la que se formó, la Cuba prerrevolucionaria?

Recuerda que fuimos una colonia de los yanquis durante sesenta años. En 1898 intervinieron en Cuba para robarnos la victoria sobre España, y después se apoderaron de la isla y la convirtieron en una neocolonia.

Cuba fue donde el modelo neocolonial hizo su debut: por primera vez construyeron una falsa república en el país --con el dinero, con el control político y el control económico--. Aquí la figura más importante era el embajador de EEUU: era la voz del amo. Nuestra burguesía no era propiamente nacional, como en otros países de América Latina; era una burguesía que miraba obsesivamente hacia el norte. Mandaba a sus hijos a estudiar al norte, y trataba de consumir toda la basura cultural que venía del norte y de repetirla como un loro.

Era una burguesía que despreciaba las raíces africanas de nuestra identidad. Imagínate tratar de entender a Cuba despreciando el componente africano: es imposible. Todo el legado espiritual de las raíces africanas de nuestro país, que es enormemente rico --lo consideraban obra del diablo--. Lo que consumían era su cultura made in USA. Fue en ese contexto, el contexto de una nueva Cuba, que yo me formé.

Frente a esa burguesía criolla que despreciaba todo lo africano, ¿qué hizo la revolución con ese legado?

Desde muy temprano, la revolución le dio un gran estatus al legado cultural y espiritual africano, que es esencial para entender a este país. El Teatro Nacional ayudó a colocar al Conjunto Folclórico Nacional, en términos de prestigio artístico, al nivel del Ballet Nacional de Cuba: el ballet afrancesado, blanco, burgués, de pronto en pie de igualdad con el baile, el movimiento y la música de los cubanos negros. Antes de la revolución, el ballet era como un adorno de la familia burguesa (la niña que toca el piano y aprende sus pasos de baile). De pronto se convirtió en expresión de una nueva cultura nacional mestiza. Hubo grandes bailarines mestizos, que son estrellas, como nuestro Carlos Acosta.

Trabajó muy de cerca con Fidel Castro. En el centenario de su nacimiento, su relación con la cultura y la intelectualidad no ha sido el costado más discutido de su figura. ¿Qué tipo de relación construyó con los intelectuales cubanos?

La relación que Fidel creó con los intelectuales cubanos es única. En 1961, con el discurso «Palabras a los intelectuales», había fundado una política cultural que no tenía precedentes en ningún proceso revolucionario. A partir del Cuarto Congreso, «se instaló en la Unión [la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba]», como dice la gente: no faltó a una sola reunión del Consejo nacional, no faltó a un solo congreso, se pasaba todo el tiempo escuchando a la gente, participando en el debate.

A Fidel le encantaba el debate intelectual. Esa caricatura de Fidel como un dictador que no escuchaba a nadie, que imponía sus propios criterios, es falsa e indefendible. Fidel era un gran intelectual --aunque quizás no le hubiera gustado que lo llamaran así-- que disfrutaba del debate.

¿Y en un terreno tan espinoso como el de la raza?

Ahí en la UNEAC, varios actores y actrices negros le plantearon a Fidel que todavía teníamos prejuicio racial en Cuba. De esa discusión salió, a mi juicio, el discurso más importante de Fidel sobre la cuestión racial.

Fidel explicó cómo, al comienzo de la revolución, él y la dirección revolucionaria habían creído que........

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