La manipulación de la crisis ecológica
La crisis ecológica no es un accidente, no es un fallo técnico, no es una desgracia que nos cayó del cielo. Es el resultado calculado, deliberado y perfectamente orquestado de un sistema que necesita destruir la vida para seguir acumulando riqueza en manos de unos pocos.
Como advertía Engels hace más de un siglo: «No debemos vanagloriarnos demasiado sobre las victorias del hombre sobre la naturaleza. Por cada una de estas victorias la naturaleza se venga sobre nosotros.» Esa venganza ya no es metáfora. Es el presente. Es la carne quemada de los ancianos en las olas de calor. Es el aire que acorta la vida de los niños. Es el mar que sube y traga hogares enteros.
El capitalismo ha construido una maquinaria ideológica perfecta para que nada cambie mientras todo parece cambiar. Su estrategia tiene fases:
Primero, negaron. Los 'lobbies' fósiles durante décadas financiaron la mentira de que el calentamiento global no existía, de que la ciencia era una conspiración, aun ahora el negacionismo lo siguen propagando los sectores de extrema derecha de todo el mundo.
Después, cuando la evidencia fue innegable, inventaron el «desarrollo sostenible»: la promesa obscena de que podemos crecer infinitamente en un planeta finito, siempre que lo hagamos «con responsabilidad». Es como decirle a un enfermo terminal que puede seguir bebiendo veneno, siempre que lo haga «con moderación».
Finalmente, convirtieron la contaminación en mercancía. El mercado de carbono es, quizás, la expresión más cínica de esta manipulación: quienes más contaminaron durante siglos compran el derecho a seguir haciéndolo, mientras los países del Sur, ahogados por la deuda, venden sus cuotas de aire limpio. La contaminación no disminuye: se redistribuye geográficamente para que los ricos no la vean.
Nos venden la botella reciclada, la etiqueta «eco», el coche eléctrico con minería de cobalto en el Congo. Nos hacen sentir culpables por no separar la basura mientras una sola corporación emite más CO2 que naciones enteras. Nos convierten en cómplices individuales de un crimen sistémico.
Cuando la naturaleza se vuelve escasa --cuando el agua falta, cuando los bosques desaparecen, cuando el aire se vuelve irrespirable--, el capital no la protege. La financiariza. Convierte la escasez en oportunidad de negocio: derechos de emisiones, pagos por servicios ambientales, apuestas financieras sobre el riesgo climático, bonos «verdes» estructurados para generar rentabilidad.
Es la lógica del buitre elevada a política planetaria: cuanto más muere la Tierra, más se enriquecen quienes la matan. El agua que antes era un derecho se convierte en activo bursátil. El bosque que antes era vida se convierte en «crédito de carbono» negociable en Wall Street. El aire que respiramos se cotiza en mercados........
