Nuestros padres
Mi padre era un hombre que dedicaba la mayor parte de su tiempo a no dar por saco a los demás. Cuando miraba al prójimo, era para tratar de ayudarle; si no podía, al menos no le jodía la vida a nadie. Aprendí eso de él, como algunas otras virtudes que adornan a los mejores hombres. Porque sí, feministas de corrillo y lazo morado: hay virtudes casi exclusivamente masculinas, igual que las hay femeninas. ¡Y a Dios gracias!
Como un José de Arimatea más, trabajó y cuidó siempre a su familia, y en especial a su esposa; como casi todos los padres. Con su sueldo de oficinista, nos dio a sus tres hijos una educación superior que él no pudo tener; como casi todos los padres. Y llegaba de noche a casa, muchas veces vencido por la maldad ajena, pero nunca derrotado del todo. Porque al irse a dormir tenía muy claras las cuatro razones por las que estaba dispuesto a volver a madrugar al día siguiente. Como casi todos los padres.
El odio inhumano que el feminismo ideológico ha logrado inocular a la sociedad actual, y especialmente a los hombres, ha conseguido también que el Día del Padre (antaño, indiscutible Fiesta Nacional) hoy sea visto por miles de españolas como una odiosa efeméride heteropatriarcal que la gente se empeña en seguir recordando, por supuesto por culpa de Franco y de VOX. Los «padres» a los que insultan las hienas podemoides serían (siempre en la imaginación de sus mentes obsesas) una mezcla entre Ábalos y José Luis Torrente: cavernícolas sin el menor sentimiento noble en su corazón. Irremediable carne de presidio.
Los errejones y las ratitas chepudas que las feministas reivindicaron como «referencias masculinas» (en clara oposición a los nazis de nuestros abuelos), les han terminado saliendo ranas; el uno, como un vulgar sobón de garito cutre, desesperado por rozar alguna teta, aunque fuese una teta comunista; el otro, en su rol impostado y casposo de macho man con cuerpo escombro que se excita al pensar en presentadoras de derechas azotadas brutalmente. ¡Pues vaya con los hombres ejemplares…! La izquierda y su tendencia natural a poner de modelo a los peores.
Frente a este hombre blandengue de puertas para afuera y sátiro dentro de casa, nuestros padres eran personas de bien. Con sus defectos, claro que sí, y sus resbalones un poco más gordos, porque santos no nacemos. Pero seguros en sus certezas: sabedores de que hay un Dios y una patria, que la verdad existe, que el bien debe prevalecer sobre el mal, que la libertad es sagrada. Que hay que ser decente para poder mirarse al espejo cada día.
Les he querido hablar hoy de mi padre, no por airear mis cosas, sino porque él representaba a esos hombres que se convierten en los mejores progenitores: capaces de darlo todo y de vaciarse por completo para que nada le falte a su prole. Con el instinto de un águila imperial y el sentido del deber que sólo se aprende en los hogares forjados en el amor a la tradición. Así siguen siendo los padres de España. Y nadie, desde su chiringuito mugroso o desde callejuelas con restos de orín, nos va a convencer de lo contrario.
