Groenlandia, laboratorio caliente de exclusión
Una isla todavía helada del Ártico resume el mundo: “Hombres poderosos tomando decisiones sobre una tierra indígena sin el consentimiento indígena”.
Sucedió en el último Foro de Davos celebrado en Suiza, donde el presidente estadounidense Donald Trump acaparó los focos entre colegas internacionales como el viceprimer ministro de China, He Lifeng, todos ellos reunidos para concretar la seguridad de Groenlandia y, de paso, decidir la presencia militar de la Alianza Atlántica en el Ártico.
El pueblo inuit no existe. O eso parece. Ni un solo representante indígena tuvo altavoz en la cita internacional de mayor relevancia celebrada a inicios de 2026 para dilucidar el presente de la isla autónoma y, por añadidura, el futuro de la región. Y eso que nueve de cada diez habitantes de Groenlandia son inuits, en concreto, unas 51.000 personas de un total de 57.000. Apenas y muy de vez en cuando rompe la regla su ministra de Asuntos Exteriores, Vivian Motzfeldt, de ascendencia inuit, que además suele ser la única mujer con poder en citas internacionales relacionadas con la cuestión polar.
La activista inuit Tupaarnaq Kopeck resume el paradigma en su perfil de Instagram: “Hombres poderosos tomando decisiones sobre una tierra indígena sin el consentimiento indígena. No desconocemos quiénes somos. No buscamos un nuevo protector. Somos groenlandeses, somos inuit”. [Se acaba de anunciar un acuerdo de Estados Unidos con Dinamarca para asumir el «control permanente de la seguridad» de Groenlandia].
El expresidente del Consejo Circumpolar Inuit (organización internacional que representa a poblaciones de Alaska, Canadá, Groenlandia y Rusia) Aqqaluk Lynge retrata así el actual escenario político: “Es una pelea por la supervivencia de nuestra gente; se trata de poder seguir existiendo. Estamos a un pestañeo de que nos invadan y esto nos aniquilaría como pueblo”. En la entrevista concedida a El País, Lynge, que fue una de las personas que sentó las bases de la Ley de Autodeterminación de Groenlandia de 2009 (el autogobierno se remonta a 1979), se pregunta: “Si lo hace con nosotros, ¿quién será el siguiente?”.
La pregunta es pertinente porque la historia demuestra que siempre queda un territorio por esquilmar, una cultura por doblegar. Y cuando aún no es el caso, pues se espera hasta que las circunstancias cambien. Durante mucho tiempo el Ártico ha sido considerado un espacio gélido, geografía abstracta al norte del globo terrestre. Tierra de nadies. Coordenadas alejadas de los centros de poder. Esta proyección no ha sido inocente y, tal y como ha ocurrido con otras zonas periféricas convertidas en no-lugares, ha servido para justificar el ostracismo. Hasta que el deshielo acelerado por la emergencia climática ha devuelto a la región ártica al centro del tablero político y, con ello, se han visualizado las lógicas de dominación existentes, con Groenlandia como centro de la diana una vez que Trump anunció su intención de hacerse con la isla. Resuenan los ecos de las prácticas imperialistas del pasado, lógicas patriarcales incluidas. Y las palabras, muchas palabras, demasiadas palabras.
Tampoco estuvo. También fue ignorada. Tampoco contaron con ella. Nadie. Nada. Ninguna.
“Lo que pido es un trozo de hielo, frío y mal ubicado. Lo necesitamos para la seguridad estratégica nacional e........
