Paseando a la yaya
Una vista aérea de la Glorieta, en una imagen reciente. / AXEL ALVAREZ
El tiempo da una tregua tras días de incesantes lluvias y furiosos vientos en los que casi acabamos con branquias y croando en lugar de hablar. Inicio el hábito, la rutina del paseo cotidiano por la Glorieta para mantener la mente activa. Disfruto del apacible atardecer radiante de luz, acariciando el aire blando una energía vitalista moviendo las ramas de palmeras y árboles cuyo «frufrú» actúa como bálsamo sobre los ánimos. La inmersión en ese espacio de encuentro provoca que mis reflexiones sean más variadas sobre la vida serena y digna que contemplo, un proceso de interiorización. Experiencia placentera destinada a neutralizar mi ritmo de actividad y adquirir paz, con el reencuentro de una existencia que debido al caos habitual se disipa en aspectos inesenciales. Es un paseo agradable por la plaza en el que observo el desfile humano. Gente que charla ruidosamente, muchos sentados en las terrazas, las apuradas carreras de los que andan con prisas a sus compras. Solitarios pensativos rumiando sus cosas, la chiquillería con sus carreras y risotadas salpicándose con el agua de la fuente. Ancianos de andar pausado que disfrutan del huidizo y acariciante sol. Lame la pituitaria el fuerte aroma a café de los establecimientos que abrazan la Glorieta, así como el tentador a bollería y dulces varios que me hacen salivar. Todo aquello es una película, metáfora de la vida misma que me conecta con esa marea vital.
Detengo mi recorrido visual en una señora en silla de ruedas inmersa en el recuerdo de sus tiempos pasados, ajena al guirigay ambiental. El guion se detiene en esa señora. No habla. Su mirada veterana fluctúa con ternura y sincero agradecimiento hacia una treintañera de rasgos sudamericanos o centroamericanos, sentada a su lado en un desgastado banco de azulejos y que le enjuga con un pañuelo delicadamente los labios.
En encendido debate y opiniones encontradas, algunas de una amoralidad excesiva, se cuestiona la regularización de los inmigrantes. El trabajo de los inmigrantes en la actualidad es básico y fundamental toda vez que cubren el déficit de los servicios públicos y de las familias a las que ayudan en su sostenimiento. Se ocupan de los nuestros en situaciones de enfermedad y cualquier otra circunstancia de necesidad, tareas que habitualmente realizaban los denominados «cuidadores informales». La reducción de prestaciones públicas a causa de las limitaciones financieras traslada a las familias ciertos servicios de cuidados que debiera brindar la atención pública.
Nuestras costumbres nos hace tener un concepto del hogar diferente, por lo que nuestros mayores prefieren permanecer en su casa aunque no sea en las mejores condiciones. Por tanto, es precisa una estrategia familiar que genera la iniciativa de contratar a cuidadores extranjeros, lo que les convierte en importantísima ayuda, clave en el papel de la familia como institución básica de prestación de cuidados. Ello se explica por la evidente deficiencia en la cobertura institucional de servicios sociales de atención geriátrica y personas dependientes. Cuidadores que se han convertido en los principales dispensadores de una asistencia que es un yacimiento de empleo, una puerta de entrada al mercado laboral y consecuentemente una vía para su regularización.
Hablamos de un sector generalmente sumergido, en condiciones precarias y con jornadas interminables en tareas de limpieza, cocina y el manejo de pacientes. No hay duda alguna de que representan un enorme potencial laboral, necesario en no pocos casos de mayores dependientes que no pueden pagar una residencia. Se conocen casos que rozan la explotación, superando prolongadas jornadas en personas que en algunos casos se hallan en situaciones de alta vulnerabilidad. Se busca un servicio más barato y en no pocas ocasiones estos cuidadores no están capacitados lo que repercute en la calidad del servicio. Una triste ecuación: explotación del trabajador, baja calidad del servicio y contribuciones que no se abonan. Por tanto, prioritaria es la regularización de los trabajadores indocumentados apostando, claro está, por un previo control estricto de los flujos.
Tal cuestión se ha convertido en un debate extremadamente sensible y cada vez más polarizado. La Ley de Dependencia prevé la implantación de un sistema de cuidados a largo plazo exigiendo el reconocimiento del trabajo de los cuidadores; la asignación de una prestación y consecuentemente emplear de manera regular a personas con la formación adecuada ya que el cuidado es una actividad compleja y en continua reestructuración.
El cuidado de nuestros mayores no debe convertirse en una «carga». Cuidar a una madre tiene efectos positivos pues genera un vínculo interpersonal muy sólido con la persona a la que se asiste y fortalece la identidad del cuidador, cuando eso es posible. Doy fe de ello.
El frío se hace cada vez más intenso. La mujer cubre con una manta a cuadros las frágiles piernas de la anciana, y esta eleva su mirada cargada de experiencia hacia su cuidadora que con ternura arropa el cuerpo menudo de su protegida. Con mano temblorosa la anciana, cuyas arrugas del rostro se multiplican al esbozar una agradecida sonrisa llena de lucidez, le acaricia la mejilla en claro gesto de agradecimiento. Hermosísima conexión emocional, de calidez y sensibilidad exquisitas, escena que expone que esa relación basada en la complicidad y absoluta confianza ha creado un lazo conmovedor. Detalles que inspiran y conmueven por la dedicación, entrega, empatía y vocación de servicio que esa mujer brinda a la anciana. Reconocidos casos hay de fortaleza, paciencia y compromiso de esas personas que desempeñan un papel extraordinario en el cuidado de nuestros queridos mayores.
Había amistad y una dependencia a prueba de balas nacida de decepciones, sufrimientos, penalidades, convivencias, rutinas; de muchas horas juntas. Cariño que flotaba entre ellas como incienso. Observar todo aquello repunta y refuerza mi escala de valores.
Nietzsche dejó escrito que «los seres humanos crecemos como árboles, unos al lado de otros, mientras nos ayudamos recíprocamente a subir». Honor y reconocimiento a la labor de las personas que a diario enfrentan desafíos y sacrificios ayudándonos en el cuidado de quien más lo necesita.
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