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Un hornazo para Sánchez

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13.04.2026

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No me gustan los hornazos modernos. Y me vuelve loco el tradicional. Con huevo o sin él. Pero hasta ahí. Me gusta la tradición y ... la buena costumbre de conservarlas. Me cuesta entender que pueda haber un hornazo con chocolate, aguardiente o membrillo. El hornazo es uno de nuestros símbolos gastronómicos y del Lunes de Aguas, aunque lo recomiendo cualquier tarde del año. A nadie le sobra en el tendido cuando arrastran al tercero de la tarde; ni a mi siquiera que no acostumbro a comer en los toros. El hornazo es garantía de éxito en una buena reunión de amigos; y siempre lo pondré por encima de esa bacanal en la que se ha convertido la capital el Lunes de Aguas, que era sinónimo de toros, y de hornazo, en Buenamadre, por ejemplo. La tradición taurina se perdió en el corazón del Campo Charro. Ese día obligaba a coger el coche para peregrinar cuando, iba a escribir, las carreteras eran peores a las de hoy. Pero no lo sé...

Llegué a conocer de memoria todas y cada una de las curvas de la temible carretera de la muerte, que unía Ciudad Rodrigo con la capital; y que tantas y tantas víctimas dejó cuando tardó en llegar, más tarde que a ningún sitio, la ansiada autovía. Las interminables filas de camiones de mercancías que hacían Irún-Lisboa y que obligaban al serpenteo de los coches para adelantar en aquellos estrechos dos carriles, uno de ida y otro de vuelta, casi sin arcén, que hacían de ese trayecto una aventura inquietante cuando no trágica. Crecí viendo terribles accidentes de tráfico y las dantescas fotos de los accidentes en el periódico igual que en esos viajes de mi niñez aprendí que atravesar por aquel trayecto el Campo Charro era todo un acontecimiento; una delicia propia del más maravilloso parque temático del toro bravo que tanto tardaron en explotar para el turismo y que hoy ya se disfruta como un gran descubrimiento. Cuando los ganaderos legendarios de Salamanca criaban sus animales para las ferias y los toros se remataban en los cercados a uno y otro lado de la carrera. Desde aquellos de Benito Ramajo nada más pasar San Giraldo hasta las extensiones de El Villar de los Álamos o San Fernando, ya cerca de la capital. Los tocabas casi desde el coche. Sin embargo, aquellos 90 km daban más miedo que el toro. Subir al coche era una lotería.

La autovía daba tranquilidad y podrías pensar circular disfrutando del mismo idílico paisaje de encinas, dehesas y toros bravos, aunque ya hayan desaparecido aquellas míticas ganaderías. Hoy circular por la A62 se ha convertido en una tremebunda carrera de obstáculos por obra y gracia de un Gobierno que tiene abandonada una provincia que no existe en la Moncloa. O tal vez sí, para marginarla en todo. Salamanca-Béjar es la autovía del parcheo constante, como Salamanca-Valladolid. Salamanca-Fuentes de Oñoro no llega ni a eso. Un auténtico rally para transitarla. Las ruedas del coche sufren hoy más que el bolsillo del conductor en la gasolinera. En Salamanca el coche es casi el único medio de transporte para salir de olvido y sus carreteras son un verdadero calvario. En coche no va a venir Pedro Sánchez para comprobar el dantesco estado de sus/nuestras carreteras. Desde luego que el presidente no conoce el sabor que tenían los toros en Buenamadre (trataría de prohibirlos). Me atrevería a decir que nunca le hincó el diente a un hornazo ni sabe de ese placer. Se le atragantaría entre baches, socavones, volantazos y viajes en alerta para cruzar la provincia por esa temida A62 hasta llegar al cruce de La Fuente y tomar rumbo a la ermita de los Remedios. Allí, que ya no hay toros, habría que peregrinar hoy para rezar y pedir que nos arreglen esa autovía, que fue la última en llegar y no sabemos si algún vendrán siquiera a parchearla. ¡Feliz hornazo! Y si es sin inventos, y sin Sánchez, mejor.

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