Con un sorbito de champán
El amor, esa comarca muchas veces extraviada de toda topografía. / P. AGUILAR/ EFE
Frenéticos anduvieron ayer los hosteleros y desbocados los floristeros por el Día de los Enamorados, entre rosas, chocolates y cenas románticas. Yo no sé cuántos sanvalentines he pasado enamorado aquí o allá, dado el largo tiempo que he vivido de exposición al amor de pareja. Da igual, lo que sí valoro es que a mis años tenga a mi lado alguien con quien entrechocar en casa un champán sin necesidad alguna de hacerlo en masa. Lo que sí se me ocurre es que, mirando hacia atrás y repasando todos los sanvalentines que con una u otra dama he pasado, podría hacer un relato de la biodiversidad amorosa en esta comarca del amor, muchas veces extraviada de toda topografía.
Yo, en mi pequeñez, un tipo empeñado en ese oficio de escribir al que, según X.C. Caneiro, solo se dedican los ociosos, vagos y maleantes, celebro íntimamente el amor pero sin alharacas, sin que tenga que reservar mesa junto a una legión de tipos haciendo lo que yo a mi lado. A estas alturas o bajuras de mi vida, que te ame alguien en concreto y a tu lado en una convivencia inteligente de dos mundos habitualmente tan ajenos, es ya un éxito, una gesta inenarrable y más si tu vida amorosa, sin ser la de un malandrín mujeriego dado al naipe y la bebida, sí ha tenido su dosis de saltimbanqui, trapecista, volatinero, acróbata o titiritero, especies saltarinas que a la vejez acaban pagando tanta volatilidad de algún modo.
Hablo de amor y no de más bajos menesteres, esos orgasmotélicos placeres de la coiunda (Caneiro dixit), que de esos Dios, a Dios gracias, ya me ha bajado la cuenta por la natural decadencia pero se me han dado más de los que merezco, como para no acordarme si estuve allí o no de unos cuantos, y los suficientes como para no hacerlo ya si no cobro.
Yo me he despertado en Astorga con mi amada el Día de los Enamorados, pero me acucian más relevantes retos ahora que los años sobre mí se han posado. Ser feliz por cada día aún sintiendo que transitas por un campo minado o bajo un bombardeo impredecible. ¿Os acordáis de aquel «gracias a la vida que me ha dado tanto?» de Mercedes Sosa? Yo a la vida le agradezco simplemente estar vivo, ver, oír, poder tocar y sentir, enfadarme y alegrarme y, sobre todo poder amar y ser amado
Es cierto que los humanos necesitamos muy poco para ser felices pero también mucha experiencia para comprenderlo. Tener vida, no tener hambre, no tener dolor o torearlo en lo posible si lo tienes, llegar con dignidad a fin de mes sabiendo que, como sugirió un poeta (sabe Dios cuál) el dinero puede comprar una casa pero no un hogar, un reloj del alto standing pero no el tiempo, una cama pero no un sueño, una posición social pero no el respeto. Dejado atrás el sentimiento de inmortalidad de la juventud y llegado el de tantear el sabor del miedo a la muerte, experimentada la brevedad de la vida, nos queda la entereza del sabio que, gracias a un prolongado entrenamiento, sabe llegar a viejo pero ventilado, soleado, sin oler a cerrado.
Suscríbete para seguir leyendo
