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Chancay y la neutralidad estratégica del Perú en el Pacífico Sur

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01.03.2026

El desarrollo del Puerto de Chancay, que ha involucrado una inversión privada de USD 1300 millones hasta el momento, marca un punto de inflexión en la historia económica y geopolítica del Perú. No se trata únicamente de una infraestructura logística, sino de una reconfiguración profunda del posicionamiento internacional del país desde la apertura comercial de los años noventa. En un contexto de competencia entre potencias, el desafío consiste en transformar esta obra en una política de Estado sostenida, orientada al desarrollo productivo y a la inserción estratégica en el comercio global. Uno de los elementos más relevantes del proyecto es su arquitectura jurídica. Chancay se rige por un modelo de derecho privado, con inversión íntegramente asumida por capitales empresariales y sin comprometer recursos fiscales. Este esquema difiere de las concesiones tradicionales, en las que el Estado licita, supervisa y finalmente recupera la infraestructura. En este caso, la propiedad es privada y de uso público, lo que exige una institucionalidad más sofisticada para garantizar competencia, transparencia y desarrollo territorial. El Estado mantiene funciones centrales vinculadas a la seguridad, el control aduanero, la fiscalización sanitaria, el cumplimiento ambiental y la lucha contra actividades ilícitas. La SUNAT, la Autoridad Portuaria Nacional, Migraciones, SENASA, la Policía y otras entidades operan dentro del terminal. Estos mecanismos permiten preservar las competencias soberanas en materia territorial, comercial y de seguridad. No existe extraterritorialidad ni cesión de soberanía; lo que existe es un esquema distinto de propiedad que demanda claridad regulatoria. La controversia reciente entre Cosco Shipping y OSITRAN refleja, en realidad, una omisión institucional previa. El país no definió con claridad cómo regular infraestructura privada de uso público. El regulador fue concebido para concesiones, no para proyectos financiados y construidos íntegramente por privados. Esa falta de previsión ha generado incertidumbre jurídica y un debate que debería concentrarse en el diseño de un marco moderno de regulación económica, orientado a proteger a los usuarios y garantizar condiciones de acceso equitativas. En este contexto, resulta importante precisar que el Perú no pierde recaudación tributaria por la naturaleza privada del puerto. Los impuestos, aranceles y controles aduaneros continúan bajo la autoridad de la SUNAT. El desafío no es fiscal ni territorial; es regulatorio. Se ubica en el ámbito de la supervisión económica, la transparencia tarifaria y la competencia. La experiencia reciente muestra que el país enfrenta grandes limitaciones para ejecutar infraestructura estratégica con recursos públicos. Procesos prolongados, sobrecostos y conflictos contractuales han retrasado proyectos fundamentales durante décadas. La inversión privada ha permitido construir en pocos años un activo de gran escala que fortalece la conectividad del Perú con Asia y abre nuevas oportunidades de integración regional. Sin embargo, el impacto de Chancay dependerá de la capacidad nacional para generar encadenamientos productivos. Si se limita al transporte de minerales y productos agrícolas, su efecto estructural será reducido. El objetivo debe ser impulsar zonas económicas especiales, parques industriales, servicios logísticos avanzados y centros tecnológicos que promuevan empleo, innovación y diversificación. Este proceso exige planificación territorial, infraestructura complementaria y coordinación entre los distintos niveles de gobierno. La provincia de Huaral y las zonas de influencia requieren ordenamiento urbano, conectividad vial y ferroviaria, servicios públicos modernos y políticas de desarrollo local que integren a la población. Durante la fase inicial del proyecto también se vinculó el puerto con la eventual construcción de corredores bioceánicos. Sin embargo, estas iniciativas permanecen en el plano de hipótesis estratégicas y dependen de evaluaciones técnicas, ambientales y financieras rigurosas. El desarrollo industrial alrededor del puerto tampoco será automático: requiere estabilidad macroeconómica, reglas claras y una política productiva coherente de largo plazo. China constituye un socio relevante en infraestructura y manufactura, pero el Perú debe mantener una estrategia abierta que incluya a Estados Unidos, Europa, Japón y otras economías. Diversificar alianzas permite maximizar oportunidades, reducir riesgos y fortalecer la autonomía nacional. La neutralidad estratégica implica aprovechar la competencia global para generar crecimiento, tecnología y empleo, sin alineamientos automáticos. Esta visión exige estabilidad institucional, previsibilidad normativa y una diplomacia económica activa. El país debe proyectarse como un socio confiable, capaz de atraer inversión de calidad y promover desarrollo sostenible. Hacia 2027, con la entrada en operación de su segunda fase, el desafío será demostrar que el Perú puede gestionar esta transformación con madurez institucional. La credibilidad internacional no depende de discursos, sino de estabilidad jurídica, transparencia y reglas claras. Chancay no debe ser visto como símbolo de dependencia ni como bandera ideológica. Es una herramienta estratégica. La verdadera discusión está en si el Perú está preparado para aprovecharlo.

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