A 250 años de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith
Esta semana se han cumplido 250 años de la publicación de La Riqueza de las Naciones, la obra monumental con la que Adam Smith no solo fundó la economía moderna, sino que también ofreció una brújula moral y práctica para sociedades que, como la peruana, enfrentan pobreza persistente, desigualdad creciente, violencia, polarización política y un entorno internacional incierto. Resulta sorprendente —y revelador— que un libro escrito en 1776 pueda iluminar con tanta claridad los dilemas de un país que en 2026 aún lucha por convertirse en una nación próspera para todos.
Smith es citado con frecuencia, pero pocas veces comprendido. Mientras que muchos economistas de derecha lo reducen a un defensor del laissez-faire absoluto, los sectores de izquierda lo caricaturizan como un apologista del egoísmo y de la derecha neoliberal. Pero Smith fue mucho más complejo. Su proyecto intelectual combinó dos obras inseparables: La Riqueza de las Naciones y La Teoría de los Sentimientos Morales. La primera explica cómo la productividad (división del trabajo) y la cooperación descentralizada (libre mercado) pueden generar prosperidad; la segunda recuerda que la vida económica solo funciona si está anclada en la simpatía, el altruismo, la reciprocidad y el juicio moral. Esa dualidad —productividad y moralidad, interés propio y empatía— es exactamente lo que el Perú necesita recuperar.
La fábrica de alfileres y el Perú fragmentado
En el capítulo sobre la fábrica de alfileres, Smith observó que dividir el trabajo en tareas especializadas multiplicaba la productividad por 240. El ejemplo de la fábrica de alfileres no es solo una anécdota industrial: es una metáfora del proceso evolutivo que genera riqueza en las sociedades. La división del trabajo permite que millones de personas, sin conocerse, coordinen sus esfuerzos a través de redes complejas que ningún planificador podría diseñar. La coordinación no requería planificadores benevolentes ni líderes visionarios. Surgía de individuos persiguiendo sus propios intereses bajo el manto de una “mano invisible” que es el mercado.
Pero Adam Smith es muy claro en señalar que esa coordinación (mercado) solo funciona cuando todos pueden participar con igualdad de oportunidades. En el Perú, la división del trabajo está fracturada. Tenemos un sector moderno —minería, agroexportación, servicios financieros— con productividad comparable a países desarrollados, y un sector tradicional donde millones de peruanos sobreviven en actividades de bajísima productividad, sin acceso a educación, salud, tecnología, capital, infraestructura ni mercados.
El resultado es un país partido en dos economías que casi no se tocan. Smith habría visto este fenómeno como un fracaso institucional. Él insistía en que la riqueza de una nación debía medirse por su capacidad de proveer “las necesidades y conveniencias de la vida” a la población en su conjunto, no solo a sus élites.
En el documento aparece su frase más contundente: “No society can surely be flourishing and happy, of which the far greater part of the members are poor and miserable.” (Ninguna sociedad puede realmente florecer y ser feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable). Si aplicamos ese criterio, el Perú no puede considerarse una sociedad floreciente.
La mano invisible no funciona en un país con barreras........
