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Dije en el capítulo anterior, demasiado de paso, que Colombia fue de ser un país de eufemismos a ser un país de disfemismos: de ser una tierra de indirectas e ironías a ser una luna de humillaciones y de insultos. En lo que va del siglo, fuimos de ambigüedades perversas como “falsos positivos”, “migrantes internos”, “asesinatos colectivos”, “mermelada” o “pescas milagrosas” —en vez de decir “ejecuciones extrajudiciales”, “desplazados”, “masacres”, “corrupción” o “secuestros”— a temeridades como “muñecas de la mafia” o “destripar a la izquierda”. Fuimos de ocultar la verdad a punta de rodeos a fabricar la verdad a punta de gritos. Y, aun cuando suene yo como el que llega tarde a proponer las mismas soluciones inútiles para arreglar un problema, me temo que la salida es plantárseles con serenidad a los matones.
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No hablar la lengua grotesca que les aplauden sus tribunas, no caer, por ejemplo, en la trampa de........
