Los restos del mosquetero
De los descubrimientos arqueológicos, que suelen ser todos fascinantes, hay una categoría que es quizás la mejor, la más bella e inquietante, que es la de la confirmación de los mitos, cuando la literatura emerge del centro de la tierra, de sus entrañas movedizas, para dar testimonio de su veracidad inesperada, su “realidad objetiva”, como se decía antes, una expresión no solo redundante sino horrible y arrogante a más no poder.
(Le puede interesar: Acariciála).
Pasa mucho con la llamada “historia sagrada”, por ejemplo, a la que se le atribuye, no sin razón, un ‘sentido figurado’: una vocación metafórica y narrativa que parte de la religión como un hecho revelado, que es lo que importa allí, y que hace que todos los elementos históricos y geográficos que contiene ese relato, que son muchísimos y fundamentales, irrefutables, parezcan teñidos por el mismo espíritu mitológico.
Hasta que de repente aparece algún rastro material que sirve para “documentar” eso que........
