‘Toda crisis trae una oportunidad’
El primer ministro de Canadá, en su intervención ante el Foro Económico Mundial, decía: “El mundo está en medio de una ruptura, no de una transición”. “El viejo orden se ha roto... tenemos que nombrar la realidad”. “La nostalgia no es una estrategia. Pero, a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo”.
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Es cierto, vivimos en un mundo signado por una profunda incertidumbre. Los cambios son profundos. Es necesario ser resilientes y aprender a adaptarnos a las nuevas situaciones, siempre con una nueva esperanza, a pesar de las circunstancias.
La verdad, no es la primera vez que nos quedamos sin discurso y sin paradigma.
Es evidente, todas las organizaciones internacionales están en cuestión. Desde aquellas creadas al finalizar de la Segunda Guerra Mundial, las cuales permitieron una gobernanza multilateral en medio de la Guerra Fría entre el mundo capitalista y el socialista (Naciones Unidas), hasta aquellas que definieron las condiciones de un orden monetario y financiero, las que, hay que reconocerlo, a pesar de crisis recurrentes, lograron mantener la estabilidad en las transacciones multilaterales de comercio e inversión.
En lo comercial la OMC se ha debilitado profundamente, puesto que lo que permitía su funcionamiento era la fortaleza del Órgano de Solución de Diferencias, en la práctica, inane. Lo que subsiste, en todo menos en lo arancelario, son los TPI y los TLC bilaterales, los que dividieron claramente a Latinoamérica entre aquellos que decidieron suscribirlos y los que no.
Para países fronterizos como Colombia y Brasil surge una real alternativa para profundizar en un desarrollo conjunto.
Desde el 2025, el presidente Trump publica su nueva política exterior, con la denominada doctrina Monroe reforzada y las consabidas medidas arancelarias, hoy limitadas por la Corte Suprema de ese país y, de otra parte, cuando lo consideran necesario, aplicar la fuerza, sin el respeto a ninguna regla del derecho internacional.
En Venezuela, a partir del 3 de enero se define para el futuro mediato un camino de “certidumbre económica”, con una “coadministración” por parte de los Estados Unidos. Las medidas que se toman diariamente en materia de licencias y el levantamiento de restricciones de la Ofac crean especialmente, y hasta ahora, un nuevo marco comercial y de inversiones, hasta ahora en petróleo.
La evidencia permite pensar en la recuperación acelerada de su economía y un crecimiento superior a dos dígitos en los próximos años, así como en una política macroeconómica equilibrada, mayor acceso al financiamiento y, de otra parte, en la recuperación de la infraestructura energética, minera, petrolera; la destinación de recursos hacia sectores de derechos fundamentales como la salud y la educación, entre otros.
Sería la oportunidad de fortalecer la integración latinoamericana. Desafortunadamente, diferencias ideológicas lo hacen imposible. Sin embargo, para países fronterizos como Colombia y Brasil surge una real alternativa para profundizar en un desarrollo conjunto, pero eso sí, necesariamente equilibrado.
La realidad nos indica cómo la integración entre Colombia y Venezuela tiene hoy más que nunca la posibilidad de cumplir con antiguos objetivos que hoy pueden hacerse realidad en sectores complementarios como la siderurgia, el aluminio, metalmecánica y la construcción. La petroquímica y sus encadenamientos productivos en textiles, confecciones, plástico, dispositivos médicos y fertilizantes, mineropartes, petroleopartes, agropartes y autopartes y los servicios.
Pero no nos equivoquemos, Venezuela no será tan solo un mercado de destino. Colombia, los agentes económicos y sociales deberán necesariamente ser parte de la recuperación, promotores de la integración, como generadores de sostenibilidad y desarrollo para el bienestar de nuestros pueblos, de los territorios, de las fronteras comunes. Toda crisis trae una oportunidad.
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