La alianza entre EE.UU. e Israel siempre ha sido una “alianza existencial”.

Una alianza existencial se caracteriza por ser superior a desavenencias coyunturales. Les permite a los aliados estar razonablemente seguros de que uno jamás abandonará al otro.

Durante la historia reciente, EE.UU. ha mantenido ese tipo de relación tan solo con el Reino Unido e Israel.

No obstante, el interés nacional siempre es superior a cualquier compromiso establecido.

El Reino Unido maneja muchos escenarios globales pero su involucramiento en conflictos armados no es tan intenso y frecuente como el de Israel.

Con Jerusalén, los lazos están sensiblemente centrados en el terrorismo y las hipótesis de conflicto convencional, simultáneamente.

En otras palabras, se trata de unos vínculos muy marcados por la hibridez (la mezcla tóxica de acciones convencionales e irregulares).

Pero también por la simbiosis (la amenaza que se percibe cuando los adversarios se amalgaman para agredir y lucrarse con ello).

Y eso es justamente lo que se ha reflejado en la resolución aprobada el Lunes Santo en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Aunque Washington no la aprobó, y solo se abstuvo, su conducta permitió la aprobación de medidas que, como bien se sabía, resultaban contrarias a los intereses y expectativas de Jerusalén.

Ya en este punto, los aliados entran a experimentar una situación a la que hemos denominado ‘tolerancia ante la desviación’, esto es, el margen que pueden darse antes de considerar el congelamiento, o incluso la ruptura de relaciones.

En consecuencia, el aliado que se siente afectado puede dar muestras de su rechazo restringiendo intercambios, suspendiendo encuentros e interrumpiendo ejercicios previstos, o programas en curso.

Que fue exactamente lo que decidió el primer ministro israelí al cancelar de inmediato la visita de una delegación a la Casa Blanca, lo que llevó al consejero de Seguridad Nacional de los EE.UU. a “sentirse perplejo”.

En resumen, más allá de la perplejidad (una cuestión subjetiva que tiende a confundirse con los asuntos estructurales), Israel ha interpretado el comportamiento de su aliado existencial como “un claro alejamiento” de lo que había sido su posición habitual.

Y, sin embargo, mírese como se mire, esa modificación en la postura tradicional no constituye, por lo pronto, más que una alteración momentánea en el ‘grado de proximidad’ entre los dos gobiernos.

Es decir, una circunstancia que podría superarse de modo relativamente fácil si, por ejemplo, hubiese un cambio de gobernantes en un país, en el otro, o en ambos.

Por supuesto, si la conducta fuese repetitiva y gradualmente gravosa, la tolerancia ante la desviación podría reducirse significativamente.

Pero dada la interdependencia sistémica entre unos y otros, nada, sustantivamente nada hace pensar que Israel tendría que enfrentar en solitario los cuatro frentes de guerra que en este instante se ve obligado a mantener abiertos.

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Tolerancia ante la desviación

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10.04.2024

La alianza entre EE.UU. e Israel siempre ha sido una “alianza existencial”.

Una alianza existencial se caracteriza por ser superior a desavenencias coyunturales. Les permite a los aliados estar razonablemente seguros de que uno jamás abandonará al otro.

Durante la historia reciente, EE.UU. ha mantenido ese tipo de relación tan solo con el Reino Unido e Israel.

No obstante, el interés nacional siempre es superior a cualquier compromiso establecido.

El Reino Unido maneja muchos escenarios globales pero su involucramiento en conflictos armados no es tan intenso y frecuente como el de Israel.

Con Jerusalén, los lazos están sensiblemente centrados en el terrorismo y las hipótesis de conflicto convencional, simultáneamente.

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