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El amor suma gente. El control la resta

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26.06.2026

Una chica de veintipocos años espera apretujada entre miles, en la pista de un estadio. Mira al escenario. Y reza por que la elijan. Porque esta noche, en el concierto de Bad Bunny, hay un sitio que vale más que cualquier entrada: una casita de madera, réplica de una vivienda puertorriqueña, a la que el artista sube a cantar rodeado de invitados. No se accede pagando: a ese rincón se sube a dedo, cuando alguien de su equipo recorre al público y señala. Y la gente empezó a fijarse en a quién señalaban. Casi siempre, el mismo molde: chicas jóvenes, delgadas, guapas, ajustadas al canon. Subían, las grababan, el estadio entero rugía. Parecía el mejor sitio del mundo. Pero, visto de cerca, no eran las protagonistas de nada. Eran parte del espectáculo.

Lo que une a esa chica elegida en el concierto, a la influencer que hornea pan ante diez millones de seguidores y a la mujer que esta noche, en un restaurante, pedirá lo que no le apetece es un solo gesto: mirar hacia fuera para saber qué tiene permitido. De eso va esta historia. De cómo, en 2026, con todas las puertas legalmente abiertas, a tantas mujeres se les ha enseñado a pedir permiso para vivir su propia vida. Y de cómo se recupera ese permiso, gesto a gesto.

La misma mirada, en tu mesa

Porque no hace falta un estadio. Mírala un momento. Está en un restaurante, con la carta abierta. El camarero espera. Ella sabe lo que le apetece, lo sabe desde que ha entrado, pero antes de decirlo hace un gesto pequeñísimo, tan rápido que casi nadie lo nota: levanta los ojos y mira al otro lado de la mesa. Busca una cara. Y entonces, en vez de pedir lo que quería, pide lo de siempre. Lo que no molesta. Lo fácil.

Ese gesto dura un segundo. Pero cuenta toda una historia. Porque se repite en mil momentos del día, casi sin querer. Antes de opinar. Antes de reírse fuerte. Antes de decir que no. Antes de gastar su propio dinero. Una mirada rápida para ver si está permitido. Y vistazo a vistazo, sin un solo grito, sin una sola pelea, una mujer puede ir entregando su vida en porciones tan pequeñas que ni se notan. Nadie se la quita de golpe. Se va sola, en silencio, mientras todo parece ir bien.

Y lo más curioso es que muchas veces se queda por comodidad. Porque discutir cansa. Porque así hay paz. Pero hay una comodidad que abriga y otra que adormece. La primera te deja descansar. La segunda, poco a poco, te va apagando.

Volvamos un momento a la casita del concierto, porque lo que ocurre en ella tiene nombre. Lo puso hace treinta años la filósofa Martha Nussbaum: cosificar. Suena académico, pero es muy simple. Cosificar es tratar a una persona como una cosa: reducirla a su imagen, a su uso, a lo que aporta a la mirada de otro. Dejar de verla como alguien con voz y empezar a tratarla como un objeto bonito.

La criminóloga Miryam Al-Fawal, especializada en abuso narcisista y victimología, lo llevó al caso concreto. Y empezó por aclarar lo que no es el problema: que una mujer quiera subir y disfrutar del concierto no tiene nada de malo. El problema aparece cuando se la elige por su edad, su físico o por encajar en una estética. Ahí, dice, la mujer deja de ser una presencia y pasa a ser parte de la escenografía. Y añadió un matiz que lo explica todo: la cosificación de hoy no llega a gritos, llega como un regalo, «vestida de privilegio, de ser la elegida, de vivir una experiencia exclusiva».

Léela otra vez, despacio. Vestida de privilegio. Ahí está la trampa entera, en tres palabras. De una jaula con barrotes, una huye. Pero ¿quién huye de un escenario al que la han subido entre miles, mientras un estadio entero la aplaude y la envidia? La cárcel más eficaz no es la que te encierra. Es la que te hace sentir........

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