Europa acepta ser rehén de Marruecos
Muchos historiadores han situado la decadencia diplomática de España en el Congreso de Viena (1814-1815), cuando, tras la derrota de Napoleón, las potencias de la época (Rusia, Prusia, Austria e Inglaterra) se repartieron Europa despreciando y marginando la paupérrima posición española, representada por el marqués de Labrador.
Se cuenta que el diplomático español, un rancio aristócrata extremeño profundamente antiliberal (aunque participó en las Cortes de Cádiz para poder huir de los franceses), ni siquiera tenía recursos para organizar recepciones en los salones privados de los palacios de Viena, que fue donde realmente se negoció el futuro de Europa. Mientras que Talleyrand revisaba por las noches a escondidas los rescoldos de las chimeneas para saber de qué habían hablado los diplomáticos de las otras potencias, el marqués —a la postre uno de los más beligerantes contra el liberalismo que inspiraba la Constitución de Cádiz— solo quería castigar a Francia y defender algunas posiciones en Italia, lo que explica que para muchos, con esa posición tan cerril, España acabaría por convertirse en una potencia de segundo orden después de haber atesorado un impresionante imperio.
El siglo XIX y buena parte del siglo XX, hasta que España se adhirió a la Comunidad Económica Europea, acreditan la irrelevancia histórica de este país en política exterior. Probablemente, porque los enemigos de España, como denunció Amadeo de Saboya en su amarga carta de despedida de la Corona, siempre han estado dentro, lo que explica su aislamiento de los grandes conflictos europeos. "Si fuesen extranjeros los enemigos de su dicha", escribió el monarca, "sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la nación son españoles, todos invocan el dulce nombre de la patria…".
No está de más recordarlo porque, como ha escrito Arancha González Laya, la exministra de Asuntos Exteriores, la política de poder........
