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Bar Fígaro

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25.07.2026

Muchas veces, casi sin darme cuenta, me encuentro escuchando fragmentos de conversaciones ajenas. Esto me sucede con frecuencia en los bares, en el asiento de un autobús, en los restaurantes. Sin quererlo se despierta en mí la curiosidad y llego a convertir las charlas de los demás en una agradable distracción. Ayer estaba con mi amiga Isabel Ayala en una de las pocas tabernas castizas que van quedando en nuestra ciudad y que es uno de esos bares de siempre de los que todavía sobreviven a las franquicias, a los cafés de especialidad donde te tomas un café por cinco euros y a esos restaurantes donde haces lo mismo que en tu casa y te sirves tú mismo. En nuestra taberna, al ser tan pequeña, era imposible no escuchar la conversación de un señor mayor de aspecto desaliñado y actitud altiva que llevaba una chaqueta de lino desvaída y que tenía a su lado a una joven con un mono azul con sus mangas atadas a la cintura y una camiseta toda recorrida de manchas de pintura que miraba al otro con una impaciencia inocultable. Ya........

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