La cima que nunca coronamos
Mi vida en pareja es un camino de perros. Desde el primer día, no, claro. Entonces íbamos despacio, tanteando el terreno y, por lo general, se imponían las atenciones hacia el otro en aras de favorecer el ascenso hasta la cima de su corazón, como si eso fuera realmente posible. Pero tampoco puedo afirmar que ocurriera poco a poco, porque se trató de una decisión consensuada y repentina, de una elección con el cien por cien de los votos a favor. Recuerdo aquella tarde, el lugar exacto: calle Alfonso X el Sabio de Linares, en la acera contraria a la de los edificios de Peritos. Recuerdo una jaula grande, impropia para un pájaro, la premonición instantánea de todo lo que vendría después. Y recuerdo, sobre todo, una cara con su boca muy abierta, demandando atención. No sonaban los Burning, no bailábamos “Mueve tus caderas” ni “Jim Dinamita” ni “Esto es un atraco”. Sonaba esa voz que se antepone al resto de voces, esa voz interior, sorda y maléfica que asoma, de cuando en cuando y de improviso, con la sola intención de........
