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Salud, la nueva esclavitud

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Opinión | Escrito sin red

Salud, la nueva esclavitud

Salud, la nueva esclavitud / Jesús Prieto

Antes, hace algunos años, la gente se preocupaba por la salud, claro, pero era una cuestión que se enfocaba más o menos con un talante fatalista. Excepto unos cuantos alemanes pudientes que, a principios del siglo XX, frecuentaban balnearios y se aventuraban en exóticas disciplinas nutricionales, el común de la gente seguía los hábitos en el comer que habían adquirido bajo la dirección de madres y abuelas, que cambiaban según las estaciones del año en las que la naturaleza ofrecía sus productos. No había frigoríficos, se compraban los víveres día sí día no en las tiendas, se cocinaba con gas o carbón y se compraba hielo para tener agua fría y conservar en la nevera un día o dos los alimentos. Cuando uno se sentía mal, acudía al médico, y cuando el mal se agravaba, lo normal era morirse. Ahora ya nada es igual. Las madres ya no cocinan o cocinan poco, trabajan por cuenta ajena, como los hombres. Adiós a la cocina estacional y a los platos de cuchara, a la coca dulce de pimientos asados, a las berenjenas al horno, a las empanadas de musola, al tumbet, a croquetas y albóndigas, a todo aquello que sólo habita en la memoria. Hola a los platos procesados de las grandes superficies, hola a la comida encargada por teléfono, a la comida basura. Hola a la diabetes, al cáncer, a enfermedades del corazón, al alzhéimer que planea sobre las cabezas de los sexagenarios. Hola al mandato de la salud, porque nuestro estilo de vida civilizado nos está matando como nunca.

Cuando te despiertas empujado por el cortisol, tienes que hacerlo de acuerdo con el biorritmo sincronizado con el sol. Hay que saludar al sol naciente de luz azul que reduce la melatonina, activa el cortisol que te da energía y la serotonina que te da felicidad. No debes tomar café inmediatamente porque tu sangre está espesa y sería contraproducente, hay que beber un vaso de agua, con vitamina B12 si tienes más de 65 años, y esperar veinte minutos a que la sangre sea más fluida y el endotelio de las arterias más flexible y el café pueda desplegar sus múltiples beneficios. A continuación, tienes que hacer ejercicio; según los casos una media hora o una hora entera. Si ya tienes una edad, más de cuarenta años, además de ejercicio cardiovascular, tienes que hacer ejercicio de fuerza. La sarcopenia empieza sigilosamente a los cuarenta. Si haces el ejercicio en ayunas debes tomar, antes o después, creatina para reforzar la fosfocreatina en los músculos y la función cognitiva. Ya estás listo para tu jornada laboral. Si la pasas sentado a una mesa, no puedes mantener esta posición más de una hora, tienes que levantarte repetidamente de la silla o, alternativamente, hacer sentadillas o subir y bajar una escalera unas cuantas veces, porque los médicos avisan que no basta con hacer una hora de ejercicio, que debes moverte todo el tiempo a lo largo del día. Si se te pasa el tiempo enganchado al trabajo es aconsejable que el móvil te avise del deber de estar sano. Tienes que comer pronto, al mediodía o a las trece horas como máximo para adecuar tus ritmos al sol. No debes comer platos ultra procesados porque contienen sal, azúcar, grasas saturadas y aditivos que provocan enfermedades cardiovasculares, obesidad, inflamación y diabetes. Se aconseja que los acompañes de jengibre y cúrcuma. Si no tienes tiempo para cocinar por la tarde o la noche, debes dedicar el fin de semana, no a los placeres del dolce far niente ni a la literatura, sino a preparar tus platos salvíficos con la compra del sábado en el mercado. Los pones en táperes de cristal, el plástico es cancerígeno, y los guardas en el frigorífico. Piensa en la fibra. En ácido butírico, de cadena corta; microbiota feliz; conexión intestino-cerebro. Ya sabes: lentejas, alubias, garbanzos. Molestos gases. El maldito brócoli. Tienes que beber dos litros de agua cada día, aunque no tengas sed. Una forma de tortura.

Después de la comida, finalizada siempre con fruta, no te laves los dientes, está desaconsejado hasta treinta minutos más tarde (algo pasa con las bacterias y el esmalte dental). Lo primero es hacer una caminata de quince minutos para deshacerte del exceso de los hidratos de carbono, de la maldita glucosa, azúcar, que es la madre de todas las enfermedades. El azúcar es pecado, una droga más potente y adictiva que la cocaína. Luego, la higiene dental y empezar las tareas de la tarde. Recoger a los niños, hacer la colada, planchar, leer un poco, y si has estado sentado, persistir, obseso, en la rutina de las escaleras y las sentadillas. Luego debes preparar el cuerpo para la cena, no más tarde de las 19 horas, la noche y el descanso. La cena debe ser ligera y, si eres mayor, se aconseja acompañarla de magnesio. Repetir el lapso de treinta minutos antes de la higiene dental. Cuando el sol ya se ha puesto debes procurar hacer frente a la luz azul de la televisión o de las pantallas del móvil, del iPad, o portátil, que bloquea la acción de la melatonina, la hormona que induce el sueño. Para ello tienes que agenciarte unas gafas de lente amarilla que bloquea la luz azul. Y por fin llega el momento de acostarse, no más allá de las 22 o 23 horas. Para ello la temperatura de la habitación no debe sobrepasar los 18 grados, debes tener allí una estación meteorológica; y si tienes a menudo pensamientos intrusivos que dificultan el sueño, se aconsejan respiraciones profundas según la técnica del 4/7/ 8 entre inspiración, retención y espiración, que calman el nervio vago y activan el sistema nervioso parasimpático, el que nos relaja, nos tranquiliza, nos duerme.

He llegado a la conclusión de que para estar saludable se necesita disponer de tiempo, algo de lo que a menudo sólo está al alcance de los jubilados o de millonarios obsesionados con llegar a los 120 años. A aquéllos les sobrevuela, además, el temor al alzhéimer; para ellos se recomienda que se vacunen contra el Herpes Zóster, que ha demostrado reducir la probabilidad de sufrir esta enfermedad en un 20%. He conjeturado que seguir los consejos imprescindibles para una vida saludable requiere no hacer nada más que estar atento a los lapsos de tiempo en los que se desencadenan los deberes nutricionales, higiénicos, físicos, de concordancia con la luz solar y la oscuridad de la noche. Lo cual es tanto como rendirse a la esclavitud de la salud. No estoy muy seguro de que tal esclavitud sea compatible con la vida plena, la que desdeña la seguridad de la muerte, la que no teme deslizarse por la pendiente seductora del vivir en la línea de sombra. Al fin el objetivo no es estar sano sino feliz.

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