De lo que aceptamos y lo que no
De lo que aceptamos y lo que no
Lo que la mayoría consideramos normal, estándar o común, determina las reglas sociales, y, consecuentemente, las normas no escritas que rigen la convivencia. Nos reprimimos, es decir, nos educamos, para modular comportamientos que nos permitan un marco común socialmente aceptado.
Por ejemplo, si estando en la oficina bancaria entrase un señor en calzoncillos, barriga cervecera, pelos de loco y canillas de pollo; de los que se sienta a esperar su turno mientras se hace el caracolillo, nos plantearíamos llamar a la Guardia Civil o al 061. Porque socialmente no lo aceptamos.
Reaccionamos frente a lo que altera la convivencia: prohibimos las drogas porque son causa o fuente de delitos, porque desestructuran familias y porque sesgan vidas. Con el tabaco o el alcohol somos más indulgentes porque socialmente son o fueron aceptadas o porque inducen a socializar. Recuerdo hace unos días a raíz del aniversario del 23F, otra época, ver a Felipe González en TV1 fumándose un puro en el escaño. Hoy está prohibido porque hemos interiorizado que el tabaco produce cáncer, un gasto sanitario fabuloso y porque hemos evolucionado. Con el juego, sin embargo, nos mostramos complacientes, aunque sea tan perjudicial como los anteriores: dese una vuelta por Palma y cuente los ‘Punts de Joc’.
Pero la tecnología, aparte de facilitarnos enormemente la vida, nos ha traído las redes sociales que producen efectos tan desoladores como los anteriores y no reaccionamos. Nacieron a finales de los 90; es decir, hace unos treinta años, y a pesar de que existen abundantes estudios científicos sobre los estragos que causan entre nuestros niños, especialmente, las aceptamos. Les educamos para que no abusen del alcohol y el tabaco y lo hemos conseguido porque son la generación que menos fuma y bebe desde hace treinta años. Lo que hacemos importa y tiene consecuencias, como hemos visto.
El CDC (Centro de Control de Enfermedades) norteamericano, que Trump ha desmantelado, en su informe NCHS Data Brief nº 471 de 2023, concluye que desde la existencia de las redes sociales las tasas de suicidios entre adolescente americanos se han incrementado alarmantemente; la OMS afirma que la cuarta causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años son los suicidios, lo cual no sucedía antes de la redes sociales; el National Center for Social Reserch del Reino Unido establece una relación directa entre suicidio, autolesiones y el abuso de redes sociales. Y la revista The Lancet ha demostrado que el ciberacoso y la falta de sueño, inducida por el abuso de este producto, es el principal motor del alarmante aumento de depresiones entre adolescentes.
El libro de 2024 del psicólogo social Johathan Haidt La generación ansiosa está considerado una de las mejores obras en materia de salud mental juvenil. Sus conclusiones son espantosas: en la franja de 15 a 19 años las tasas de suicidio en niñas han aumentado en un 167 por ciento y en un 91 por ciento en niños desde 2020; las autolesiones en niñas un 188 por ciento en una década; y la depresión y ansiedad en un 141 y 161 por ciento entre niños y niñas, respectivamente.
No estamos respondiendo como sociedad frente a este gravísimo problema, como no estamos respondiendo frente a la escasez de vivienda ni frente a sus bajos salarios, por lo que cada vez son más los jóvenes que consideran que les estamos dejando un mundo espantoso y critican que vayamos a tener unas pensiones dignas, en comparación a las que ellos tendrán, o no. Abordar el problema de las redes sociales es más fácil y deberíamos hacerlo desde la información científica, como hicimos con las drogas, el tabaco o el alcohol. Habrá quien lo rebata al grito de «Comunismo o Libertad», pero a los adultos se nos presupone un mínimo de juicio, o se nos debía suponer, como el valor en la mili. Se trata de los niños, no de reafirmar nuestros sesgos, criterio o ideologías viejunas. Si no somos capaces de ese mínimo consenso habremos fracasado como sociedad porque lo que está en juego es nuestro futuro, nuestros hijos.
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