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El efecto mariposa del Euríbor

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Ya tengo esa edad en la que, da igual el conflicto que estalle en el mundo, sé que subirá la cesta de la compra. No porque las naranjas de Valencia tengan que atravesar el Donbás o el Estrecho de Ormuz para llegar al Mercadona, sino porque lo digo yo —siendo “yo”, en este caso, cualquiera en la lista Forbes—.

También sé que la primera pieza del dominó de las subidas será la gasolina. Una norma no escrita: cuando un país bombardea, alguien va al surtidor a apretar el botón de subir precios. Y esa subida nunca, nunca se revertirá con la misma urgencia ni en la misma proporción. Todo un cuento chino o, siendo justos… casi siempre americano.

Pero, así como lo de que el mercado se regula solo resultó mentira, lo de la globalización resultó una verdad que no da tregua. Pero no en la versión prometida —trabajar con condiciones de Finlandia cobrando salarios como en Suiza—, sino que nos comemos con patatas —al precio que quieran subirnos las patatas— las consecuencias de votar a cafres en la otra punta del planeta.

Si nos dieran un dólar por cada promesa incumplida de Donald Trump —acabar con las guerras, no iniciar nuevos conflictos, retirar las tropas de Oriente Medio, bajar el precio del petróleo o reducir la inflación—, el mundo sería la misma mierda y no nos bastarían los dólares en el bolsillo para llenar el depósito de gasolina.

Pero, a esta edad, cuando hace mucho que una ha entendido que los beneficios “caídos del cielo” quieren decir “de nuestros bolsillos”, hay una parte de toda esta ecuación de especulación y jetismo que me tiene fascinada: el efecto mariposa del Euríbor.

Sí, el Euríbor. Trump y Netanyahu atacan un país en Oriente Medio y a ti, Manolo, te llega un correo de tu banco de confianza para informarte de que te sube la cuota del piso.

¿De verdad hay una explicación razonable para que el índice que regula la mayoría de las hipotecas variables en España registre la mayor subida de su historia, solo por detrás de la crisis financiera de 2008?

Una no atribuible a la jeta —no porque lo diga yo, sino el balance de resultados de la anterior subida con motivo de la guerra de Ucrania, donde las entidades bancarias en nuestro país reportaron un resultado neto superior a 24.000 millones de euros, frente a los 14.800 millones de 2021—.

Pero la versión oficial es más sofisticada: hay incertidumbre en los mercados financieros tras el conflicto internacional, lo que lleva a un encarecimiento de la energía, por lo que se prevé una aceleración de la inflación y, con ella, el Banco Central Europeo —que no ha subido los tipos de interés— anticipa que lo hará. Y sube el Euríbor.

El resultado, traducido del lenguaje financiero al humano: “Te lo subo porque creemos, potencialmente, que todo lo demás va a subir”. O, en versión resumida: “Que te lo subo”.

Y, como esta historia ya la hemos visto hace muy poco —que las columnas de humo de Ormuz se solapan con las de Gaza o el Donbás—, sabemos el desenlace: beneficios extraordinarios o caídos del cielo para unos pocos; del mismo cielo del que a la mayoría lo único que le caen son misiles o subidas de precio.

Y hablo desde lo vivido, que todo lo que sé de economía es que, de vez en cuando, logro llegar a fin de mes —no todos los héroes llevamos capa—. Pero no estoy sola en esto.

Un informe de iAhorro señalaba que el 70% de los españoles tiene poco o ningún conocimiento sobre hipotecas mixtas (las que dependen del Euríbor). El 81% no entiende conceptos como la inflación. Y cerca del 60% ni siquiera comprende su factura de la luz —y me gustaría ver a los miembros de la administración Trump señalando Irán en un mapa—.

Y no, la culpa no es de que los ciudadanos seamos gilipollas por creer lo que promete un candidato o por no ser capaces de descifrar el jeroglífico de potencia, peajes, cargos e impuestos.

Es un sesgo deliberado.

Cuando algo se diseña intencionalmente para ser de difícil comprensión, el consumidor acaba aceptando la explicación más simple y, a regañadientes, paga. Te dicen: “la guerra dispara los precios de la energía, lo que llevará a una aceleración de la inflación, y eso te genera una subida en tu hipoteca”, porque si te dijeran: “¡Arriba las manos, esto es un atraco!”, quizá, tal vez… te rebelarías. Y, sin embargo, el resultado será el mismo.

Basta con seguir el rastro del dinero. Nuestro dinero.

Y perdón si todo esto de las guerras y las injusticias me inclina la balanza hacia posiciones más, digamos... de extrema izquierda. Ojalá poder hacer algo como ¿topar los precios? Una medida que, por cierto, se votó en el Congreso el pasado 26 de febrero, en el decreto de Consumo para topar precios en situaciones de emergencia, pero se rechazó con los votos en contra de PP, Vox y Junts.

“No sé por qué te quiero, si voy a tientas tú vas sin freno. […] Si no me hicieran falta tus besos me tratarías mejor que a un perro. Piensa que es libre porque anda suelto, mientras arrastra la soga al cuello.”

(Ana Belén y Antonio Banderas).

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