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Ni una mala palabra, ni una mala acción

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28.08.2026

No me gustan demasiado los obituarios, la verdad sea dicha. Siempre me ha producido cierto resquemor esa costumbre según la cual la muerte parece ejercer una especie de amnistía retrospectiva: cuando alguien fallece, desaparecen sus defectos, se silencian sus errores y sólo quedan las alabanzas. De pronto, todo el mundo era extraordinario.

Por eso, cuando pensé en escribir sobre Sabino Ormazabal, me senté a hacer algo que quizá no sea demasiado habitual. Intenté recordar alguna arista. Un mal gesto. Algún defecto de carácter. Algún episodio que me permitiera no escribir una hagiografía. Lo intenté de verdad. Pero debo admitir que he tenido que desistir de tal empeño. Por mucho que ahora rebusque en la memoria, no consigo encontrar nada de eso.

Incluso cuando había un desacuerdo, grande o pequeño, no recuerdo que nunca elevara la voz. Nunca abandonaba aquella compostura reflexiva que parecía formar parte de su carácter. En sus últimos meses llegué a percibir cierta impaciencia cuando los demás seguíamos discutiendo cosas que él tenía ya muy claras. Pero ni siquiera entonces elevaba siquiera su tono de voz. Podremos haber discrepado en la orientación del detalle fino o de mayor calado en alguna discusión, pero eso jamás supuso un problema. La discrepancia –mayor o menor– nunca parecía ser un problema durante la discusión.

Conocí a Sabino antes por el animalismo que por los derechos humanos. Mi mujer era –y sigue siendo– activista animalista y, allá por los años noventa, cuando defender los derechos de los animales era para muchos una verdadera “marcianada”, Sabino dio espacio desde Egin a aquellas voces. Creo incluso que lo conocí personalmente por primera vez en una concentración antitaurina en Vitoria-Gasteiz. Sin ser animalista, los toros siempre me han parecido una salvajada. Pero ése fue, probablemente, el primer –mínimo– hilo que nos unió. Y tampoco........

© Deia