Carlo Ginzburg: historiador taumaturgo
En días venideros se hablará, sin duda, del enorme legado que nos deja Carlo Ginzburg.
Se hablará del paradigma indiciario, ese que define el espacio epistémico donde habita la historia, flanqueada por las ciencias galileanas y por la literatura. Un paradigma que no renuncia a la elaboración de modelos y teorías rigurosas, pero puestas al servicio de un tipo muy particular de indagación empírica: la que se caracteriza por perseguir cualquier tipo de pistas que permita dar respuesta a esa inquietud humana que nos acompaña desde que éramos cazadores: “Por aquí pasó algo”.
Se hablará, también, de la microhistoria, método que, partiendo de la reconstrucción minuciosa y detallada de casos concretos en contextos bien delimitados, concluye aparentemente en todo lo contrario: el descubrimiento de estratos temporales de larga duración.
Se hablará de su apasionado afán por recuperar la vibrante, creativa y contestataria cultura popular, no ya desde las grandes estructuras anónimas, sino –y allí estaba el desafío– restituyendo la agencia y la voz de sus protagonistas, en un momento en el que la historia oficial había decretado que eso –a diferencia de lo que ocurría con la cultura de élites– era tarea imposible. ¿Quién no ha sentido una enorme admiración por el valor que demostró Menocchio, el molinero, quien, sabedor del peligro que enfrentaba, se empeñó en ser escuchado (“yo tengo algo que decir”)? ¿Quién no sintió una profunda tristeza por el trágico final de este héroe anónimo del siglo XVI?
Se hablará de su apología de la prueba como criterio de verosimilitud de los relatos históricos frente al desafío de un giro lingüístico, en boga en aquel entonces, que muchos........
