Mancuernas
En el supermercado del barrio, el consumo de refrescos de cola ha bajado un diez por ciento, la venta de licores y whiskies ha descendido ... un doce y los clientes compran menos cerveza. En la misma manzana, han empezado las obras del enésimo gimnasio de la ciudad: por 19.99 euros te apuntas sin permanencia, faltan meses para su inauguración y ya hay cola. Lo que sucede en mi barrio sucede en cualquier barrio de España: culto al cuerpo y rechazo al azúcar y al alcohol. El botellón, rito supremo de la socialización, ha sido derrotado por la sala de pesas. Como me comentaba la otra tarde el dueño de un gimnasio: «Quién me iba a decir que acabaría viviendo de las mancuernas».
Los jóvenes han cambiado el kalimocho por el sauvignon blanc desde que Rosalía, otra vigoréxica cuyo entrenamiento arrasa en redes, le dedicó una canción. En los restaurantes chic, pides un blanco por copas y te ofrecen semidulce o sauvignon. Los mayores imitamos a los jóvenes: renegamos de las sopitas y buen vino para apuntarnos a un blanquito ligero tras hacer cicling, running, boxing y spining. Nunca se había visto a tanto mayor andando, corriendo, saltando, pedaleando, haciendo abdominales, maratones, triatlones...
El cuerpo perfecto, anhelo supremo. En las reuniones familiares, las estrellas son las nueras cachas y los consuegros macizos. Se habla de un coreano que masajea thai y de una argentina que imparte pranayama, se intercambian opiniones sobre nails bar e institutos de belleza y resuenan conceptos que espantan a los bisabuelos: spa, wellness, power, extreme, grind & glow, energy… Nos hicimos hombres bebiendo Soberano y envejecemos bebiendo fit, mix y smoothies de melocotón y yogur.
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