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Desterrando el silencio

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28.01.2026

Versos, testimonios; evocaciones y actualidad de una institución que busca alternativas para continuar promoviendo la cultura, incluso en las circunstancias más difíciles

Algunos afirman que el alma de su dueña todavía recorre la casa donde la escritora, Premio Nacional de Literatura y Premio Cervantes, vivió medio siglo, hasta su fallecimiento. En el Vedado habanero (calle 19, esquina a E, número 502), la edificación muestra al público tres salas expositivas, una biblioteca, una hemeroteca y un recinto para conferencias ubicado en el antiguo garaje.

En el salón colonial, ubicado en la planta baja, se reunían décadas atrás los integrantes de la Academia Cubana de la Lengua. / flickr.com

Por el salón francés (su mobiliario es de estilo Luis XV y Luis XVI) y por el colonial (en él se exhiben objetos con valor patrimonial) caminó otrora Dulce María Loynaz, presidiendo las sesiones de la Academia Cubana de la Lengua o pensando en versos. Quizás llevara un libro o un abanico en sus manos. Allí recibió en otras ocasiones, feliz y elegante, a las amistades, el café servido en delicada vajilla.

Ya septuagenaria, recordaría los momentos transcurridos en esas habitaciones con su segundo esposo, el periodista Pablo Álvarez de Cañas, y empezaría a redactar en 1976 Fe de vida, obra biográfica porque se refiere a aquel cronista social y su época, autobiográfica porque al hablar de su marido, ella también queda dentro del cuadro. Sobre sí misma manifestó en la introducción: “¿qué soy? ¿qué represento en esta hora? Solo lo que él quiso que fuera. Pasé como una estrella fugaz en la noche y mi carrera duró lo que duró la mano que la impulsaba”.

Tal vez se detendría en el descanso de la escalera, frente al hermoso vitral que la ilumina, dudando en si debía o no divulgar sus evocaciones. Temor expresado en la segunda parte del volumen: “¿Valía la pena que yo hiciera este sacrificio de mis más guardados sentimientos, este desplegar al sol, ante gentes extrañas que no me conocieron, los secretos que nunca quise compartir ni aun con los que vivieron junto a mí?”.

Tomasa González recalca la labor rectora, en el ámbito cultural, de la institución que dirige. / TINO ACOSTA

En 1958, cuando ya llevaba una década mirando desde su portal esa esquina habanera, había concebido un poema sobre otra morada suya, antigua, entrañable. En Últimos días de una casa lamenta su decadencia:

Nadie puede decir/ que he sido yo una casa silenciosa; / por el contrario, a muchos muchas veces/ rasgué la seda pálida del sueño/ –el nocturno capullo en que se envuelven…/ con mi piano crecido en la alta noche, / las risas y los cantos de los jóvenes/ y aquella efervescencia de la vida/ que ha borbotado siempre en mis ventanas/ como en los ojos de/ las mujeres enamoradas.

No me han faltado, claro está, días en blanco. / Sí; días sin palabras que decir/ en que hasta el leve roce de una hoja/ pudo sonar mil veces aumentado/ con una resonancia de tambores. / Pero el silencio era distinto entonces:/ era un silencio con sabor humano.

Varias estatuas de mármol, esculturas y bustos embellecen la edificación. / TINO ACOSTA. / flickr.com........

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