Chavismo y Dostoievski: doce espejos para un alma colectiva…
El chavismo no es una ideología: es una forma de vida. Y toda forma de vida, si es verdadera, tiene que resistir el examen de los espejos más incómodos." ANACLETO, septiembre de 2026
El ventilador giraba más lento que nunca. Anacleto había puesto sobre la mesa un ejemplar gastado de Los hermanos Karamázov y, al lado, un cuaderno con doce citas subrayadas en rojo. La profesora, el viejo periodista, el coronel, Carmen, la estudiante de sociología y el boticario, junto al resto del grupo, esperaban. Afuera, Maracaibo ardía. Adentro, el café humeaba.
Como era ya costumbre, el pichón de periodista rompió el silencio: «Anacleto, ¿Dostoievski y el chavismo? ¿No es como mezclar agua y aceite?»
Anacleto, encendiendo un cigarrillo con la parsimonia del que sabe que hay actitudes difíciles de compaginar, lo miró a los ojos y respondió: «Camarita, todo lo contrario. Si el chavismo no es una ideología, sino una forma de vida, como usted mismo dice, entonces necesita un espejo donde mirarse. Y Dostoievski construyó doce espejos. Ninguno es halagador. Todos son verdaderos.»
La profesora, con esa precisión de archivo que la caracteriza, exclamó: «Empecemos por el primero. Dostoievski dice que el dolor y el sufrimiento son inevitables para una gran inteligencia y un corazón profundo. Que los hombres verdaderamente grandes deben experimentar una gran tristeza en la tierra.»
Anacleto, exhaló el humo tratando de hacer aros con él, sin lograrlo explicó: «¿Y qué es el chavismo sino un pueblo que ha cargado con el sufrimiento de siglos? Chávez lo entendió mejor que nadie. No prometió felicidad. Prometió dignidad. Y la dignidad, camarita, duele. Duele porque exige renunciar a la comodidad del colonizado, a la sumisión aprendida. El que quiera ser chavista de verdad tiene que saber que va a sufrir. Que va a ser perseguido, sancionado, bloqueado; que va a tener tristeza. Pero esa tristeza no es derrota: es prueba de profundidad.»
El viejo periodista, con la experiencia de haber visto organizar muchos movimientos ideológicos, sin levantar la vista comentó: «La segunda: "Solo hay una cosa que temo: no ser digno de mis sufrimientos". Eso es una frase para el Che, para Bolívar, para Chávez. Es la ética del que sabe que el dolor no es un accidente, sino una responsabilidad.»
Anacleto apagó un cigarrillo y encendió otro, su ritual del pensamiento: «Exacto. El chavista que se victimiza y se queda en la queja no es digno de su sufrimiento. El que convierte el dolor en conciencia, en organización, en ternura, ese sí. Dostoievski no pide masoquismo: pide transformación. Que el sufrimiento no te degrade, que te madure. Y ahí el chavismo tiene una deuda pendiente: demasiados confunden el sufrimiento con el rencor.»
La estudiante de sociología, que había empezado a tomar notas, levantó la vista e intervino: «La tercera me golpea: "El amor en acción es algo duro y terrible comparado con el amor en sueños".»
Anacleto esbozó una leve risa, seca, sin alegría, como con amargura, y soltó: «Ahí está el corazón del asunto, mi niña. Amar a la patria en abstracto es fácil: se grita en una tarima, se escribe en un tuit, se canta en un mitin. Pero amar al vecino que no piensa como tú, al que te critica, al que se fue y volvió, al que te falló… eso es amor en acción. Y eso es terrible. El chavismo de tarima es amor en sueños. El chavismo de barrio, de comunidad, de aguantar al otro, ese es amor en acción. Y ese es el que escasea.»
El coronel retirado, con su voz grave, se inclinó sobre la mesa. «La cuarta: "Es mejor equivocarse a su manera que acertar a la manera de otro".»
Anacleto sacó su pañuelo a cuadros para secarse el sudor de la frente y gruñó: «Coronel, esa es la definición misma del chavismo. El error propio es soberanía. El acierto ajeno es coloniaje. ¿O usted cree que Bolívar le pidió permiso a España para equivocarse? El chavismo cometió errores, muchos. Pero fueron nuestros errores. Y eso, en términos........
