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La historia no se repite como solía

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20.05.2026

La historia política rara vez se comporta como una ciencia exacta. Tratar de sumergir, empotrar o someter la transición venezolana en un modelo prêt-à-porter [a la medida] de otros eventos, es falaz como también es ilusorio seguir una receta.

Sin duda habrá desenlaces similares a otros procesos. Pero a solas a lo interno, no podremos. Los Walesa, Mandela, Suárez, Geisel, Neves, Sarney o Sanguinetti, fueron lideres que correspondieron a otros tiempos, otras circunstancias, un orden internacional menos interconectado.

La captura del Estado no son cuentos.

Los grandes procesos de transición entre regímenes autoritarios y democracias no responden a fórmulas lineales. La tentación de muchos historiadores, politólogos o actores políticos ha sido interpretar cada crisis contemporánea a la luz de precedentes históricos conocidos: la transición española después de Franco, la caída del bloque soviético, el plebiscito chileno contra Pinochet, la democratización brasileña, la derrota de las juntas militares argentinas o la salida negociada del apartheid sudafricano.

Uno de los errores más frecuentes del análisis político consiste en asumir que la historia opera por analogías automáticas. Cada transición ocurre bajo condiciones culturales, geopolíticas, económicas y sociales distintas.

Los actores cambian, las estructuras internacionales mutan y las sociedades producen respuestas inéditas frente a contextos inéditos.

Autores como Samuel Huntington en The Third Wave, intentaron identificar patrones generales de democratización durante el siglo XX. Huntington observó ciclos históricos donde las democracias emergían en “olas” impulsadas por factores económicos, crisis de legitimidad, presión internacional y fracturas internas dentro de las élites autoritarias.

No obstante [Huntington] advertía que las transiciones no podían entenderse como modelos exportables mecánicamente. Las democracias nacen de contextos específicos. De hecho la insistencia en comparar procesos distintos conduce a diagnósticos equivocados.

A fin de cuentas no es difícil diferenciar el caso Venezolano. Un Estado penetrado no sólo por sables y boinas, sino por grupos criminales que se apoderaron de una gran riqueza y del territorio. Alianzas policiales y corsarias saquearon al país. La represión llegó acompañada de miseria, tortura y hambruna. Y la retórica diplomática—expectante pero inocua a la vez—demostró que el crimen paga mientras no sea castigado con una fuerza superior a la de ellos. Debutó entonces la legítima defensa internacional, extracción incluida.

Nuestra historia aún no termina. La transición está por verse. Y la tendencia a producir paralelismos genera una dificultad interpretativa que nos atrapa en expectativas no cumplidas.

Las dictaduras militares del Cono Sur durante las décadas de 1970 y 1980 respondían a una lógica distinta de los regímenes populistas-autoritarios del siglo XXI. Las juntas militares de Argentina, Chile, Uruguay, Perú o Brasil mantenían estructuras relativamente institucionales, jerarquías verticales y una relación más clásica con las FFAA.

En otra dirección, regímenes contemporáneos como el venezolano mezclan elementos de militarización, redes criminales transnacionales, control social asistencialista, hegemonía comunicacional, inteligencia cubana y captura estructural del Estado por élites híbridas político-económicas. Esto hace que las categorías tradicionales de dictadura militar o autoritarismo clásico resulten insuficientes.

El caso chileno suele citarse como paradigma exitoso de transición democrática negociada. La derrota de Augusto Pinochet en el plebiscito de 1988 permitió una apertura progresiva respaldada por acuerdos institucionales, presión internacional y una oposición cohesionada. Sin embargo, Chile conservaba........

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