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¡Odiseo!

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27.07.2026

Guerra. Triunfo. Muerte. Dolor. Engaño. Persistencia. Prudencia inagotable. El largo retorno a casa, al regazo de la astuta esposa que teje y desteje su sudario, cuando todo alrededor impele al olvido. Memoria tenaz, la que brilla desnuda en la corte de los feacios y deslumbra a la joven Nausícaa; memoria que a su vez se resiste a licuarse en las pócimas de Circe, en las caricias premiosas e interminables de Calipso. En materia de lidia con lestrigones y simplégades, de audaz marcha contra un destino que los dioses se empeñan en bordar con ásperos hilos, no hay héroe tan imperfecto, tan magnífico y humano como Odiseo. Veinte años fuera de Ítaca no han logrado doblegar su talante. Su mayor arma, que no es la fuerza bruta sino su agudeza y cautela, lo acompaña tanto en Troya como en el viaje que emprende en suerte de liza contra sí mismo y sus circunstancias. Es Odiseo el líder que, a pesar de los malos augurios, no abandona a su tripulación, apostando (no siempre con éxito) a que esos compañeros de viaje, mortales también, serán tan capaces como él mismo de superar la prueba de fuego del instinto.

Hay “thymos” en Odiseo, como también abundaba en Aquiles. Un líder no puede considerarse tal sin esa yesca que lo espolea. Pero esta «energía vital», fuerza pasional y emocional, el tipo de pathos que según los griegos ofrece motivación para la acción y la asertividad -incluyendo la ira tras la búsqueda de reconocimiento y justicia- en él cobra pleno sentido como lucha interna. Para Odiseo, el thymós no es solo fuerza ciega, cólera y deseo descomedido de venganza; es, ante todo, el motor de sus íntimos conflictos. Expresión, también, de ese ego que siglos después diseccionaría el psicoanálisis.

«¡Ay de mí! ¿Qué me sucederá al fin? Temo que sea verdad cuanto dijo la diosa, al afirmarme que en el ponto y antes de arribar a mi patria, había de padecer inmensos trabajos. Todo se va cumpliendo. ¡Con qué nubes ha cerrado Zeus el vasto cielo! […] ¡Tres y cuatro veces dichosos los dánaos que perecieron en la vasta Troya, luchando para complacer a los Atridas! Así hubiera debido morir yo…» (Canto V). En momentos de peligro extremo, el........

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