menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Artemis, II; Villa Meona, 13

12 0
07.04.2026

Artemis, II; Villa Meona, 13

Fontanera aficionada y cristiana vieja, Koch había puesto en el salpicadero de la nave una estampa de Leire Díez y otra de san Cristóbal, junto a una casete de la Perlita de Huelva

Escucha el artículo. 3 min

Escucha el artículo. 3 min

Más artículos del autor

Fue a la altura del tardofelipismo, fase de derribo ético que para Juanma Moreno y el resto de agradaores del PP no es materia de examen de Memoria Democrática, cuando Isabel Preysler y Miguel Boyer abrieron al gran público las puertas de Villa Meona, «una ... casa grande, pero a la vez recogida», en palabras de su incontinente moradora. La mansión tenía más de 1.300 metros cuadrados y trece cuartos de baño, motivo de mofa y befa para el populacho y de escarnio para un socialismo ya desfigurado y que, como el sindicalista a la gamba, se había aficionado a la lubina, entonces salvajísima, hasta componer su dieta de subsistencia. Una simple regla de tres es suficiente, sin embargo, para desmontar la mitología hidráulica de Villa Meona y el presunto agravio comparativo que para las izquierdas de apreturas inmobiliarias representó aquel circuito integrado de váteres por el que circulaba el exministro socialista: un tigre por cada cien metros cuadrados –lisos o vallas, carrera de fondo y vejiga– ni siquiera llega a los estándares de la precariedad habitacional y okupacional de las bases del sanchismo.

La sana costumbre de enseñarlo o contarlo todo, con la desinhibición por bandera y sin la hipocresía con que la izquierda camufla su deslealtad moral y tapa sus pecados capitales y capitalistas, es una cosa muy liberal y de derechas. Toda deshinbición es exhibición, y aquí entran tanto el Boyer de la España de Solchaga y el pelotazo –trece baños, cuando ni siquiera había GPS– como Christina Koch, la astronauta que arregló con una llave inglesa el retrete que los de la NASA le habían instalado a bordo del Orion para aliviarse. Fontanera aficionada y cristiana vieja, Koch había puesto en el salpicadero de la nave una estampa de Leire Díez y otra de san Cristóbal, junto a una casete de la Perlita de Huelva.

En una misión espacial concebida como una superproducción videográfica de carácter publicitario –Make America Great Again, que se vea bien alto y grande–, el episodio de la letrina de la Artemis II es pura ostentación, opulencia trumpista de última generación. Lo nunca visto. «Tenemos hasta retrete». Y en una leonera de apenas 9 metros cuadrados, lo que proporcionalmente y a partir de otra regla de tres proyecta los planos de una Villa Meona con la friolera de 144 cuartos de baño.

Exterior o interior, el espacio es una variable que hasta la formulación de la teoría de la relatividad se medía por metros cuadrados y de la que depende la convivencia de quienes lo comparten. Por 'Gran Hermano', por la canción que Nick Cave escribió para 'Mars' y por los psiquiatras que elaboran informes para la NASA sabemos que el trastorno mental que provoca una existencia encapsulada, hasta derivar en brotes psicóticos, es la mayor amenaza para la conquista del Universo. La NASA ha tomado nota de la paz social del colectivo de usuarios habitacionales del sanchismo –nueve metros y con baño– con la confianza de que sus astronautas se sientan como la Preysler cuando servía en Villa Meona bombones de Ferrero Rocher.

Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA)


© ABC